Caranavi, café yungueño para el mundo

Enviado en Destinos, Ruta de los andes y yungas

Texto: Liliana Carrillo V. / Fotos: Noelia Zelaya C.

Caranavi huele a café, el mismo aroma que impregna los recuerdos de doña Virginia Pacheco viuda de Iturri: “Antes, una vez a la semana, en las casas se tostaba y se molía el café, y todo el pueblo olía a grano fresco ¡qué tal rico!”. Hoy, ese pueblo de colonos que abre las puertas al norte paceño se ha transformado en una ciudad pujante, con 50 mil habitantes y producción diversificada, pero aún el perfume dulce de café le da vida. “¡Que tal rico!”

El lema no es casual: la más joven provincia boliviana –oficialmente creada en 1992- se identifica como la “capital boliviana del café” y así lo pregona, con letras doradas, un escudo de cemento en el arco de la plaza. En el centro, la estatua dorada de un Simón Bolívar inquietantemente pequeño se levanta entre bancas protegidas por enredaderas de flores, como reservados de discoteca, y puestos de raspadillos donde icebergs enanos sucumben ante los 35 grados de temperatura.

Estamos en Caranavi, capital de la provincia del mismo nombre. Aquí los montes acolchados de sembradíos de los yungas se aplanan hasta convertirse en praderas subtropicales que más adelante se harán selva herida por ríos inmensos de nombres antiguos. Estamos en Caranavi y huele a café.

De la debacle a la excelencia

“El café de Caranavi ha ganado tasas internacionales de excelencia y es considerado uno de los mayor calidad a nivel mundial”, explica Daynor Villalobos Benítez, oficial Mayor de Desarrollo Productivo del Gobierno Municipal de Caranavi. Serio detrás de su escritorio, este agrónomo y economista aparenta más de los 26 años que tiene. “Lamentablemente, en los últimos años ha bajado la producción –dice- por eso ahora estamos empeñados en recuperar los cafetales que dan fama a Caranavi”.

La debacle fue grande. Hasta 1994,  Bolivia ocupaba el octavo lugar en la producción mundial del café, principalmente gracias a los cultivos de Caranavi, exportando 160 mil sacos de grano que hoy son apenas a 70 mil. “Es poco. Aquí teníamos 60 mil hectáreas cultivadas de café y ahora llegamos a las 36 mil”, explica Villalobos.

El café es inseparable de la historia de Caranavi. Siguiendo la tradición sud yungueña, fue el primer cultivo de los colonos de tierras altas que se aventuraron a esta tierra subtropical, cuando aún los caminos eran imposibles y hasta el siglo pasado fue el principal producto de la zona. La particular topografía, los microclimas y la altura (de 800 a 1.800 metros) se aliaron para propiciar cosechas de un café sabroso y de alta calidad. Pero algo, muchas cosas, pasaron.

“La producción de café ha bajado por varios factores. Durante décadas se ha cultivado sin dirección técnica; sin tener en cuenta que el café debe estar asociado con especies forestales. Cuando se ha vuelto un monocultivo, se ha arruinado la tierra y han llegado las plagas”, explica el ingeniero agrónomo Rubén Castillo Arauco. Este “hombre de campo”, como se define, nacido en Alto Beni hace 45 años, fue durante una década asesor de la Federación de Productores y Exportadores de Café (Fecafé) y ahora se ha reconvertido en caficultor.

- “La edad del productor también ha sido determinante para la caída del café; la mayoría tiene ahora más de 60 años y son muy pocos los jóvenes que siguen trabajando el campo. A ello se suma la expansión de los cultivos coca que un tiempo ha crecido harto, demasiado, y todos han puesto sus catus. Está, claro, la baja en el precio: en un momento el saco de 50 kilos de grano de café llegó a valer 50 bolivianos, ahora puede llegar a mil bolivianos y si es certificado, 200 dólares”.

¿Iba a desaparecer el café de Caranavi? La sola idea es impensable para el agrónomo que estudió en Brasil con una beca de la Asociación El Ceibo y que cumplió su compromiso de volver para sembrar conocimientos en su tierra. “Para los hombres del campo el café es parte de esta zona; aquí no puede haber un terreno sin su cafetal o su sembradío de cacao o cítricos –asegura- La clave es el multicultivo orgánico”.

Un café expreso, perfumado y sabroso, acompaña la charla en la confitería de CELCCAR (Central de Cooperativas Agropecuarias Caranavi), ubicada en el corazón comercial de la ciudad. Don Rubén saborea cada sorbo y explica que los catadores internacionales distinguen todas las texturas del café “aroma, dulzura, resabio…” y vuelve con su relato a fines del pasado milenio, cuando la situación era preocupante. Los cafetales retrocedían y era explicable que los productores cambiaran la cosecha anual del grano -que exige posteriores procedimientos de pelado, lavado y secado- por la facilidad de la coca, la hoja que se brinda generosa cada cuatro meses.

Cuando agonizaba la década de los 90, en plena crisis, se realizó la primera tasa de excelencia. “Y los productores vieron como los expertos premiaba su café y se les comenzaban a abrir mercados internacionales”, cuenta el agrónomo. Caranavi logró entonces la Certificación internacional de Bio Latina que avala un producto orgánico, sin elementos químicos en ningún paso del proceso. El impulso reactivó a las asociaciones Anproca (Asociación Nacional de Productores de Café) y Fecafé. El café volvió a ser un buen negocio.

“En la tasa de excelencia de 2009, el ganador, Mauricio Díaz, ha podido vender su grano hasta en cien dólares la libra y ha llevado su café a la competencia internacional donde ha salido entre los diez mejores del mundo”, cuenta Castillo, pero aclara que lograr estos niveles exigió un aprendizaje. “Alguna vez se mandaba a las pruebas un buen grano y cuando se lograba comprador ya se le daba otro de mala calidad; por eso se decía internacionalmente que el café boliviano era sorpresa –comenta con una amplia sonrisa. Felizmente, los productores ya saben que deben vender lo que ofrecen”.

Ahora que no falta mercado internacional para el café de Caranavi y que su precio depende de la bolsa de Nueva York, el problema es el volumen de producción. “Los agricultores se reúnen y juntan su café para exportarlo, solitos no pueden”, explica ahora Villalobos en su oficina de la Alcaldía, y cuenta que el municipio, en coordinación con asociaciones de productores, incentiva programas, reparte plantines y brinda asesoramiento para que los cafetales caravaneños recuperen la cantidad de otrora “porque calidad siempre han tenido”.

Los guardianes del café

A tres kilómetros de la plaza de Caranavi, está Corpus Christi. En los campos de esta comunidad convertida en cooperativa, 500 mil plantines de café de las variedades criolla, catyaí y caturra, crecen bajo el cobijo de una red que les da sombra. Alrededor, hay árboles de mango y palta que asoman sus frutos primaverales aún tímidos.

“El tiempo de café es de mayo a julio; por eso en todo el norte de La Paz, especialmente en Caranavi, tenemos una producción diversificada. En cada lote tiene, que tiene en promedio 15 hectáreas, se planta café,  palta, mango, cítricos, arroz y  coca”, explica Plácido Mendoza, presidente de  CELCCAR (Central de Cooperativas Agropecuarias Caranavi), nuestro guía en las plantaciones de Corpus Christi, una de las 11 cooperativas de la institución.

“Ocho de nuestras cooperativas son cafetaleras, las otras son frutícolas; pero todas tienen cultivos mixtos”, añade el productor nacido en Caranavi hace medio siglo, hijo de colonos pioneros que llegaron desde Cochabamba. “Nuestros padres crearon la CELCCAR en 1965, porque ya entonces vieron que era necesario que se unan para exportar, para crecer”, dice y a su lado  el agrónomo Richard Calcina Ticona muestra la disposición de las plantaciones: cafetales rodeados de árboles frutales.

-          “El café necesita semi sombra para crecer sano. Por eso incentivamos la producción sostenible mediante el raleo selectivo del bosque o chaqueo ecológico -dice Calcina- No se trata de una tala sino en la eliminación de algunos árboles de tal manera que queden especies compatibles para que los cafetales tengan sombra natural y también reciban sol medido”. Este proceso, que preserva la fauna y la flora de la zona, también ha recibido la certificación  ecológica de Bio Latina.

Los plantines que crecen fuertes en Corpus Christi serán repartidos en otras cooperativas, donde “serán trasplantados y ahí se convertirán en fosforitos primero, después en chapolas y luego de tres años darán su primera producción aprovechable”.

“El café es nuestro cultivo más famoso, pero no el único –apunta ahora don Plácido. Las tierras de Caranavi producen todo el año, por épocas, frutas, arroz y coca. Ahora estamos apostando a la stevia”, y comparte una hojita pequeña que al morderla regala su sabor dulce. “Ya tenemos una planta de industrialización de stevia que pronto va a funcionar como las de café; y cítricos. Estamos ya en ese paso de industrializar nuestros productos. Somos un municipio ecológico, sólo necesitamos más inversión y tecnología”.

Y tecnología, precisamente, es lo que desarrolla la carrera de Caficultura empresarial del Instituto Superior Técnico Agropecuario de Caranavi (ISTAC). “El objetivo de la carrera es formar profesionales especializados para fortalecer la producción de café, mejorarla porque aquí todos hemos crecido sembrando café pero el conocimiento empírico no es suficiente” -explica Reynaldo Ardores Avilcata, ingeniero agrónomo y jefe del área Agropecuaria del Instituto- Y hay resultados; algunos productores que han pasado por la carrera ha ganado tasas de calidad con su café”.

Sin embargo, la carrera que comenzó con una nutrida cantidad de alumnos ha empezado a perder estudiantes. “Es difícil para los productores estudiar porque deben viajar días desde sus campos que están lejos; por eso estamos modificando el pensum de tal manera que se puedan otorgar diversos títulos, desde técnico hasta técnico superior”, añade el ingeniero agrónomo de 40 años, que nació en la comunidad caranaveña de Santa Fe de padres orureños y que después de estudiar en La Paz regresó a su tierra. “Todo extrañaba, desde el clima hasta la comida, porque no hay como Caranavi”, confiesa  mientras enseña los invernaderos del Instituto, donde miles de plantines de café crecen mimados por los estudiantes.

Sabor a futuro

En la ciudad, la actividad no cesa ni ante sol del mediodía. Decenas de escolares –hay 160 unidades escolares en el municipio- asaltan a los heladeros o charlan en los puestos de jugos. Oficinistas salen presurosos de bancos y decenas de comerciantes ofrecen ropa de última moda en el mercado que comienza en la plaza. “Este es un lugar lindo para vivir, hay trabajo. Lo único que necesitamos es un mejor hospital porque aquí no hay especialistas y cuando hay accidentes, la gente tiene que ser mandada a La Paz”, comenta Gabriela Pérez, madre de tres niños, en la puerta de su tienda que ha bautizado como “Modas Gaby”. “Y nos va ir mejor con la carretera”, añade y se refiere a la vía asfaltada que se construye para comunicar al Norte con La Paz.

“La ciudad está grande, antes no era así”. Doña Virginia Pacheco descansa sus 72 años después del almuerzo en su restaurant, “Majaz”, famoso por sus platos de jochi, tacú y otras carnes de monte. “Yo he llegado hace 60 años –recuerda con voz dulce-  y sólo había unas cuantas casitas, el resto era monte. Esos tiempos han llegado colonos de Cochabamba, de La Paz, de Oruro, hasta de Tarija había… Todos nos conocíamos, ahora no conozco a nadie”.

Paceña de nacimiento e hija de padre coroiqueño, doña Vicky no olvida aquel primer viaje. “Se llegaba sólo hasta Choro y después había que venir a pie, se dormía en el camino… y los bichos, grave era. Yo no quería al principio, pero me he quedado, aquí he hecho mi familia y ahora cuando me voy me enfermo”, se sincera.

De aquellas épocas, cuando llegar a esta colonia paceña era un reto, Pacheco no olvida los campos sembrados de naranjales, la belleza del río y el aroma del café. “Hay que saber tostar, pero debe ser buen grano, sin enfermedad. Bien tostadito, se lo muele y después se lo hace gotear. No va a encontrar un café como ese, porque es de Caranavi”.

El aroma humeante que emana de una taza en la sede de CELCCAR da la razón a doña Gaby. En esta cafetería, atendida por turnos los propios socios de la Cooperativa, café brilla en todas sus variedades: expreso, yungueño, helado, con naranja… “Este café es de exportación, no se encuentra en Bolivia”, comenta ahora el ingeniero Castillo y bebe, pausada y gozosamente, un sorbo del elixir… Así debe saber el futuro.

Llegar a Caranavi desde La Paz es fácil. Cada día, a cada hora, salen taxis y flotas que llegan a destino, después de atravesar un camino lleno de curvas que estremecen, en tres horas; salvo los eventuales cortes en la vía por la actual construcción de la carretera. Sin embargo, nosotras debíamos llegar a la capital del norte paceño desde el extremo sur de los Yungas: Irupana. Un martes lluvioso, viajamos en minibús de Irupana a Chulumani, para allí encontrar algún vehículo. Fidel –un joven taxista- aceptó el reto que salió caro para nosotros: 800 bolivianos y sustos a granel por la velocidad que imprimió en las empinadas vías. Nacido en Caranavi, Fidel es un conocedor de la región. Por ello, no siguió la ruta convencional –llegar a Unduavi para de allí tomar camino al norte- sino que nos llevó por una serie de pueblos lindos, suspendidos entre las montañas: Huancapampa, Puente Villa, Las Angustias, Ballivián, Parani, Trinidad Pampa, Coripata, entre otros, hasta llegar a Yolosita. De allí, fue seguir la carretera que está en construcción y que de rato en rato sorprende con enormes camiones y volquetas. El viaje duró seis horas a no bajas velocidades -así de grande es la región yungueñas- pero llegamos sanas y salvas, aunque empolvadas. Después de este viaje, ya no hay después… debemos volver a casa. La ruta se ha cumplido y en ella se queda algo de nosotras.

Un paraíso por descubrir

No sólo el clima tropical y la belleza de su paisaje, sino los servicios que ofrece y la calidez de sus habitantes hacen de Caranavi una veta para el turismo. A una decena de alojamientos y hoteles resort existentes se suman ahora albergues comunitarios que invitan a conocer “desde dentro” la vida de un pueblo de agricultores.

“El centro artesanal Colonia 17 y los albergues Uyunense y Costanera ofrecen al visitante excursiones a los ríos, visitas a las plantaciones, paseos a caballo. Además, de comida típica – jochi, sari, pollo criollo. Es un servicio completo”, asegura Daynor Villalobos, Oficial Mayor de Desarrollo Productivo del Municipio de Caranavi. “Este es un paraíso recién se está valorando y hace falta inversión privada para mejorar”.

Los días de nuestra visita, Villalobos trabajaba arduamente en la preparación de la “Exponorte”, la feria más grande de la zona que reunió exitosamente a 60 municipios, del 16 al 18 de noviembre, para mostrar todo el potencial agricultor, artesanal y turístico del norte de La Paz en la capital de la provincia más joven del país.

“Uno de los grandes puntales de desarrollo de Caranavi es la economía diversificada”, dice la autoridad edil y la existencia de plantas industrializadoras de leche, café, cítricos y stevia le dan la razón. “Caranavi ha superado a Viacha, a Patacamaya. Con la carretera vamos a crecer más porque tenemos la fuerza de trabajo del colla y la felicidad del camba. Vengan a conocernos”, invita.

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