Chicaloma – Corazón de Yungas

Enviado en Artículos, Ruta de los andes y yungas

Chicaloma, el corazón negro de los yungas

Texto: Liliana Carrillo V. / Fotos: Noelia Zelaya C.

“A mí no me digan afro. Yo soy negra y a mucho orgullo”. Martina Barra, morena, alta y erguida, no aparenta los 50 años que tiene. Acaba de volver a casa del trabajo en sus sembradíos y empieza ordenar sus recuerdos como a las hojas de coca que sostiene en su regazo: “Nosotros somos sinceros; sincera es nuestra piel, nuestra historia, nuestra saya… así somos los negros”.

Encima de un precipicio, Chicaloma se esconde y se devela al capricho de las nubes. Este pueblo afro boliviano, parte del municipio sud yungueño  de Irupana, se equilibra entre dos colinas sembradas de verdor alegre de coca. A primera vista tiene una sola calle –la avenida Pedro Andaverez- que empieza en una cima coronada por iglesia del Gran Poder, recorre la plaza Castro, desciende entre tiendas y casas, y vuelve a ascender hasta el cementerio.

Lunes de lluvia intermitente. Son las 8.00 y los agricultores están en sus campos desde hace horas; tres borrachos arman bochinche en el kiosco de la plaza y decenas de escolares patinan en el lodo rumbo al colegio. Diversos en sus impecables uniformes, desfilan jóvenes morenos de cabellos lacios y mulatos de ojos claros.

-          “Este pueblo fue en un tiempo sólo de negros. Antes, los negros sólo nos casábamos con negros. Ahora ya no y esa mezcla nos va a hacer desaparecer. La nueva generación no valora su raza ni su historia… sólo falta que dejen de bailar saya”, lamenta doña Martina, agente cantonal de Chicaloma, conocida como “la negra” en todo el municipio de Irupana. Ha heredado el don de palabra de su padre, líder del pueblo en la década de 40, cuando la esclavitud era todavía una realidad en la comunidad afro de los Yungas.

“Yo he conocido patrón”

Siendo joven, Mario Perlacios era “muchacho” de una hacienda y soñaba con viajar. Irse lejos. “No a La Paz; sino a África, para conocer de dónde han venido nuestros antepasados… ¿cuánto siempre habrán sufrido?” Tiene 75 años, ojos color miel que contrastan con su piel oscura, y cabello rizado que se blanqueó de golpe hace un año, cuando una embolia le paralizó el lado derecho.

La historia de los negros bolivianos se remonta al siglo XVI cuando la colonia española decidió importar esclavos desde el África como fuerza de trabajo de las minas de Potosí. Los que sobrevivieron al viaje infrahumano que atravesaba el mar en un año perecieron pronto en la inclemencia de los 4.000 metros. “Nosotros todo podemos soportar, menos el frío. Por eso los negros se han muerto por cientos en el cerro -explica ahora don Mario- y los que han podido, han escapado al calorcito. Se han venido a los yungas”.

En calidad de esclavos, los africanos sobrevivientes de las minas de Potosí fueron trasladados a las haciendas yungueñas para trabajar en la agricultura. Ese fue el germen de las comunidades afro bolivianas de Chicaloma, Mururata, Tocaña, Coripata, Dorado, Chico Chijchipa y Negrillani.

La esclavitud fue abolida en la primera constitución boliviana. Teóricamente, pues en los hechos los negros –como los indígenas- continuaron siendo “propiedad” de los hacendados aún después de la Reforma Agraria de 1953.

“Los esclavos no tenían ni nombre, heredaban el apellido de los patrones por eso aquí son famosos los Barra, los Clavijo”. Sentado en el umbral de la puerta de su casa, donde lo ha confinado la enfermedad, Perlacios habla sin resentimientos, esbozando una sonrisa triste cuando los recuerdos evocan otros tiempos:

-          “Yo todavía he conocido patrón en la hacienda. Todos éramos sus muchachos y teníamos que trabajar cuatro días para él y uno, con suerte, para nosotros. Abusivos eran, pegaban nomás”.

Después vino la Reforma, la tierra para la gente de Chicaloma y el ancla para don Mario. “He tenido que trabajar en el campo, todo he plantado: naranja, café y ahora coca. Después me he casado – mi esposa ha finado el año pasado- y cuando mis nueve hijos han empezado a llegar, me he tenido que quedar nomás”. No más sueños de fuga: el mar que lo devolvería a sus raíces se hizo imposible. “Hay que irse de joven, por eso los chicos se van. Mis propios hijos se han desparramado: están en La Paz, en Beni…”.

Durante décadas, el veterano ha sido testigo de la transformación del pueblo. “Antes había poquitas casitas con techo de paja. Después cuando ha entrado platita por la coca, han empezado a poner calamina y también ha empezado a llegar gente del altiplano. Ahora nada es como antes, los negros se casan con aymaras, ya no son negros puros. Entre los que se van y los que se mezclan qué será de nosotros”.

“Somos capos en fútbol”

En la unidad escolar Chicaloma, ni la lluvia ni la Feria de Todos Santos que se ha organizado esa víspera del feriado distraen a los 280 alumnos. “Apúrense, pues, hay que ir”, se arengan entre ellos y se citan en la cancha donde la selección de fútbol de Chicaloma realizará su última práctica en miras al campeonato interyungueño.

“Este año vamos a ganar, ya dos veces hemos sido subcampeones”, explica Maclovia Cardón. “Prima de Augusto Andaverez”, aclara orgullosa. Andaverez, junto a Jerry Clavijo, es uno de los jugadores profesionales que ha salido de las nuevas canteras de Chicaloma. “Los negros somos bien capos para el fútbol”, comenta esta joven reilona que cursa el tercero medio. Cuenta que trabaja como ayudante en la pequeña posta médica del pueblo, que es la menor de ocho hermanos, que tiene chico pero que “no es nada serio”. “Cinco de mis compañeras de curso son mamás pero no se han casado; yo no voy a ser tan sonsa”, añade pícara.

“La temprana maternidad y las responsabilidades que conlleva es el principal factor del abandono escolar. También están las distancias; los chicos tienen que caminar hasta una hora para llegar al colegio, por eso queremos hacer un internado”. El Profesor Guillermo Yujra, director del colegio Chicaloma, habla con el tono pedagógico que ha adquirido en 25 años de trabajo, los dos últimos en este pueblo afro yungueño.

-          “Yo soy paceño y cuando he llegado me he encontrado con una comunidad buena pero que necesita conocerte para tenerte confianza. Los afros son más alegres, más despiertos, rápido captan pero lamentablemente algunos jóvenes no reconocen su cultura”, añade el director de la escuela que acaba de estrenar su equipo de computación, con clases de internet también para los padres de familia, y que ahora gestiona laboratorios de Física y Química. “Sólo nos falta desayuno escolar, pero la Alcaldía de Irupana no tiene plata para todas las comunidades”.

“La coca nos da vida”

Hasta hace medio siglo, la producción agrícola de Chicaloma era diversificada: naranja, mandarina, café, mango, papaya. Pero ahora los campos de este pueblo, como los de todo Sud Yungas, sólo producen coca. Y la hoja se cuelga en los cerros, se amontona en tambores en las calles, se respira en las casas.

-          “Aquí no se produce ya ni una naranja, más bien hay que traer de La Paz. Aquí todo es coca”- comenta Julio Barra, un agricultor moreno y grandote de 25 años que, azadón en mano, regresa de sus tierras donde la hoja está lista para la cosecha- No tenemos opción: la fruta, el café dan una vez al año; en cambio de la coca sacamos tres cosechas, llueva o no llueva. La coca nos da vida”.

“Hará unos 30 años que ha empezado a perderse la naranja y el café y todos los cultivos de Chicaloma se han vuelto de coca, pero aquí la coca siempre ha habido”. Martina Barra habla de la hoja como de una niña a la que hay que mimar. Está cocinando y el aroma de verduras llena su casa, ubicada en la avenida principal del pueblo, que rinde homenaje a Pedro Andaverez, el afro boliviano nacido en Coripata que fue héroe de la Guerra del Chaco.

“Mi abuela me ha enseñado a pijchar, porque aquí es costumbre antigua,  ha debido llegar desde las minas. Es parte de la cultura negra como la saya”, dice “la negra” mientras masca hojas tiernas y se hinche de orgullo cuando habla del baile de su tierra, esa amalgama de tambores, caderas y coplas.

“La saya es nuestra conciencia”

-           “Tendría seis años cuando he bailado saya por primera vez con mis papás en la plaza –cuenta Barra- Este ritmo viene de nuestros antepasados swahili, hay que sentirlo por eso lo bailamos en las fiestas, en los matrimonios, en los entierros y para cada ocasión hay una copla que hace dialogar a hombres y mujeres. La saya es nuestra conciencia de que somos negros pero también que somos bolivianos”.

Martina no dejó de ser parte activa de la Saya Afro boliviana de Chicaloma ni siquiera los 23 años que estuvo lejos de su pueblo. “Viví en Santa Cruz con mi esposo y mis dos hijos e incluso allí nos reuníamos los paisanos yungueños para bailar. Una no se puede olvidar de la saya; es como si se quisiera olvidar su color y eso

es el que nos hace especiales”.

Barra busca fotos que no encuentra de la saya. Desparramados en un cajón de zapatos sólo hay retratos de sus hijos y de su posesión, el 2010, como  la primera mujer en ocupar un cargo municipal en Chicaloma.

-          “Soy agente cantonal pero pude haber sido concejal del municipio. A último momento han hecho perder mis papeles porque sabían que si entraba ya estaría en la silla porque la gente me conoce, sabe que se trabajar. Esa vez, más que nunca, he sentido discriminación por ser mujer y por ser negra”.

En su cargo, Martina ahora planifica obras para su pueblo. “Estamos mejorando pero todavía nos falta una buena posta médica, un alojamiento para los visitantes y también un museo que muestre nuestra historia negra”, dice. Entretanto, trabaja para cumplir un sueño, personal y antiguo: “Estoy estudiando para salir bachiller este año… ¿Y después? Quiero llegar al Parlamento. Mientras Dios me de vida voy a poder”.

“Nunca más nos van discriminar”

La risa de Natividad Barra Foronda llena la plaza donde unos niños juegan “bolitas” ahora que finalmente los ebrios se han ido. La pregunta le ha divertido “¿Por qué tenemos tantos hijos? Será el calor o la pasión de la raza. Mis papás han tenido 18 hijos, imagínese cómo era antes”.

Nacida una Navidad hace 45 años, esta mulata impotente espera algún vehículo, de los que llegan sin horario, para viajar 20 minutos hasta Irupana.   Mientras tanto, ordena su genealogía: “Mi papá había nacido en Coroico y, como era el único negro que sabía leer, era capataz en una hacienda de Chicaloma. Ha conocido a mi mamá jovencita, ella era una linda chola que había venido de Machacamarca. De ahí se han casado con la banda de la saya y nosotros hemos ido naciendo, los 18. Mi papá ha seguido siendo capataz, porque igual había pongueaje hasta que se ha muerto”.

Huérfana y parte de una familia muy numerosa, Natividad tuvo que trabajar desde niña. “Tenía nueve años cuando me han llevado a La Paz a trabajar de niñera. Yo lloraba y lloraba para volverme de esa casa de Obrajes donde todo hacía: desde cocinar hasta podar plantas y cuidar guaguas. Yo, chiquita y los patrones me mostraban como a una muñeca a las visitas. He aguantado años y cuando ya tenía 20, solita me he vuelto a mi pueblo… y no me voy a ir”.

La risa de Natividad se ha convertido ahora en reclamo de reivindicación. “Antes cualquiera se daba el lujo de decirte esclavo, de pellizcarse si te veía en la calle. ¿Por qué? Si indios y negros hemos sido esclavos, la diferencia es que ellos se han quedado en el frío. Felizmente, las cosas han cambiado con la Nueva Constitución. Tenemos profesionales, organizaciones y un diputado. Todavía hay racismo entre los ignorantes pero nunca más nadie nos va a volver a humillar por ser negros. Eso no se tienen que olvidar nuestros hijos”.

Ha llegado un taxi que convoca pasajeros para salir del pueblo. “Me gusta mi generación, mi gente, mi historia. Todo lo negro es valioso”, alcanza a decir Barra antes de despedirse, ahora que la noche envuelve a Chicaloma y, finalmente, ha dejado de llover.

Una mala maniobra del chofer hizo que la flota en la que viajábamos desde La Paz se encunete y quede varada e inclinada en 45 grados, amedias sobre la vía. Hubo algún grito durante el accidente, pero ordenada y rápidamente todos los pasajeros brincamos por las ventanas. Y ahí estábamos aquel domingo, varadas en medio camino entre Chulumani e Irupana y atacadas por mosquitos hambrientos. Durante tres horas, el chofer, su ayudante y los pasajeros trataron de poner el bus en pie. Primero cavaron zanjas alrededor de las ruedas enterradas, después recurrieron a la gata y finalmente jalaron con sogas. Pero nada, todo resultaba inútil. Comenzaba a anochecer cuando un camión grandote paró. Siguió una hora de baches y saltos en la carrocería. Se cerraba el círculo: habíamos viajado en flota, bus, taxi y camioneta. Sólo nos faltaba camión. Llegamos de noche a Irupana, un bonito municipio con aire colonial,. El día siguiente, a primera hora, contratamos por 45 bolivianos un taxi que nos llevó hasta Chicaloma. Para el regreso averiguamos que, aunque sin horarios ni orden, minibuses y motos hacen ese recorrido por cinco bolivianos… De vuelta a Irupana, nos enfrentamos con otro reto. De aquí debíamos viajar a Caranavi. Todos aconsejan llegar al cruce de Unduavi, donde se bifurca el norte y el sur, o, para asegurar asientos, volver a La Paz y embarcarnos a Caranavi. No, estábamos decididas y agotadas de tanto camino. De alguna manera atravesaríamos enteritos los Yungas… ojalá.

El camino de las cadenas

“Los primeros negros han construido el camino para llegar a Chicaloma, que en esos años de la Colonia era sólo una hacienda. Pero dice que un esclavo se había escapado y en castigo los patrones les han obligado a trabajar a toditos encadenados”. Por eso antiguamente se conocía como “el camino de las cadenas” a la vía que une a Chicaloma con Irupana, narra Mario Perlacios, desempolvando una memoria antigua que se pierde en el tiempo.

Este sendero de tierra, que atraviesa un río y una cascada, fue de herradura hasta mediados del siglo XX. “Se sacaba la fruta en mulas y se tardaba un día en llegar a Irupana. Se llegaba con el barro hasta la rodilla cuando llovía”, recuerda el veterano chicalomeño. Por eso, hubo fiesta cuando finalmente la maquinaria horadó la montaña y abrió el paso a los vehículos. “Ha habido fiesta cuando ha entrado el primer camión, sería el 60. Lo hemos recibido con saya”, añade Perlacios.

A falta de una, hoy son dos las vías de acceso al pueblo: ésta que une en 20 minutos a Chicaloma con Irupana, la capital del municipio y otra que la conecta con la comunidad de Santa Rosa. “Este camino también se ha llevado vidas en accidentes, pero es nuestra conexión al mundo, por eso lo cuidamos tanto”, explica la agente cantonal Martina Barra a propósito de la senda que trepa montañas y se descuelga de precipicios.

Dejar una Comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

*

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>