Llallagua & Siglo XX – Las vetas de las montañas

Enviado en Destinos, Ruta de los andes y yungas

Pueblos mineros, la histórica veta

Es un recuerdo; el campamento, el tren y los teatros, las calles que escupen polvo; un recuerdo diferente para todos y para cada uno: la veta generosa, los ojos del tío, el coraje del sindicato, el fin de la vida posible. A este pueblo, incrustado entre montañas heridas, llámelo Llallagua, Siglo XX, Uncía, Catavi o, lo que es lo mismo, tierra de mineros..

Por Liliana Carrillo / Fotos: Noelia Zelaya

Llallagua, el fruto de la montaña

En Llallagua “no hay buena papa”. Es curioso, porque este municipio potosino debe su nombre precisamente al tubérculo. Viene Llallagüita, que es como se llama en quechua al fruto que presenta una protuberancia, “la papa a la que le crece su guagüita, así como el cerro… ¿ve?”. Julio Condori señala la montaña Llallagüita que tiene una especie de joroba. Yo, la verdad, no la distingo.

-          “Ahí también había mina, pero chica en comparación con las otras, porque en esta zona todo es mineral”. Guardatojo, botas de goma, chamarra corta, Condori –nacido hace 35 años en Uncía- no deja duda de su oficio. “Nosotros sabemos, pues; somos mineros”. Y en las tierras de Norte Potosí son miles.

Bien vista, la minera es una epopeya que comienza y termina en una montaña. Intijaljata, primero; Espíritu Santo, después; hoy se llama Juan del Valle, por ese español que en el siglo XVI escarbó la cima del cerro en busca de plata y si hoy pervive en la historia es sólo porque se bautizó con su fracaso al coloso de roca que une a las poblaciones de Llallagua y Uncía.

Al lado de la montaña Juan del Valle están la Llallagüita, una cadena de desmontes rojos, verdes y amarillos, y –pobre ante los monumentos de la naturaleza y de la historia– un Cristo de mármol con los brazos abiertos. Juntos dan la bienvenida a las flotas y minibuses que llegan de Oruro, después de dos horas de viaje por una flamante carretera.

El centro de Llallagua, la ciudad toda, se equilibra en una pendiente. Tiene los ruidos y aromas inconfundibles de la prosperidad andina: tiendas, farmacias, alojamientos, pensiones, taxis, puestos de tripitas. Ajetreos de mineros y comerciantes llenan sus días y sus noches; salvo los miércoles, cuando se cumple la Ley seca que intenta expiar sin olvido el asesinato de una universitaria ocurrido hace tres años, precisamente un miércoles.

-          “Llallagua es esencialmente minera; pero en los últimos años hay más comerciantes y jóvenes, gracias a la Universidad Nacional Siglo XX. Es una ciudad que crece, con todo lo bueno y malo de las capitales: desde servicios hasta vida nocturna”, define el ex alcalde Héctor Solís Camacho, más conocido como “Palo” Solís (de los orígenes de su apodo poco sabe, sólo que fue un regalo paterno de la infancia y que inspiró el nombre de su restaurante: “Los Palos”).

Sin negar su pasado minero, la ciudad proyecta aires de renovación. Entre sus calles empinadas emergen decenas de construcciones, a cada cual más grande y más ostentosa. Todas con ventanales de espejos que reflejan sin remordimiento el adobe de las viviendas antiguas; esas de una planta, puertas de madera y perros guardianes.

Su historia de pueblo viejo se refresca además con sus jóvenes. El 60 por ciento de la población de Llallagua tiene menos de 21 años (un caso único en la región), y para atenderla apenas abastecen 50 unidades educativas y el Centro Multisectorial San Benito de Mena, para niños con aptitudes diferentes.

-          “Este es un centro piloto que atiende gratuitamente a menores con discapacidades físicas y mentales”, explica la Hermana Sonia Ponce, directora de la unidad pionera que -con fondos de tres Ministerios, la Gobernación y la Alcaldía- brinda educación especializada, terapias y alimentación a sus alumnos. “Los padres sólo pagan 30 bolivianos para el transporte hasta las comunidades. Tenemos 80 niños inscritos, pero sólo asisten 50”.

La religiosa chilena, a fuerza de fe y trabajo, ha logrado fondos internacionales para la construcción de esta escuela modelo que atiende a chicos con problemas auditivos, de Down, retraso mental y síndrome de Duchenne, una enfermedad que causa atrofia muscular, parálisis y finalmente muerte. En el mundo afecta a uno de 3.500 niños y en Llallagua hay cuatro casos. ¿Tendrá algo que ver la actividad minera? No hay datos, ni estudios, ni respuestas. Sólo décadas de químicos, de contaminación y desechos que se amontonan en la zona.

De vuelta en las calles angostas de Llallagua, aún no puedo distinguir en el cerro la joroba que le da el nombre. A lo obvio, seguir los pasos y llegar donde todos confluyen: la Linares. En esta vía que presume de ser avenida se vende, se compra, se regatea desde últimos modelos de celulares, enaguas de seda de colores chillones, botas de minero; hasta electrodomésticos, mesas para wilanchas y oro, mucho oro en pepas. Todo, con fondo de música chicha, rock y folklore a todo volumen.

-          “¿Qué están buscando? Tengo la última morenada con la fantasmita”, ofrece Piter Colque (“con i de Piter”, aclara). Tiene 23 años y cuando le tocó trabajar no dudó en romper la tradición del guardatojo. “Nuestros padres, nuestros abuelos han sido mineros. Nosotros ya no, pues…”.

A la mitad de la Linares, una cuestita que pasa desapercibida entre los puestos de venta es una frontera. La llaman “El Puente” y marca el inicio de Siglo XX, el campamento minero que en un tiempo, ahora lejano, daba vida a la población civil de Llallagua.

Siglo XX, el coraje

“La sirena lloraba, lloraaaba… Serían las dos de la tarde cuando miles de mineros regresaron a Siglo XX después de la intervención a la Marcha por la Vida. El campamento se vació para recibirlos y todos los familiares penábamos, pero ellos no. Los mineros estaban derrotados pero todavía con ganas de pelear”. Cuando Félix Torrez Miranda recuerda el día más triste, en  1986 –cuando el último y desesperado intento por evitar el despido de más de 20.000 trabajadores de la Comibol había fracasado y la “relocalización” minera ya era irreversible– no puede evitar que la emoción se le atore en la garganta. Y eso no es usual en el experimentado comunicador social, director de la radio Pio XXII.

Antes, muchas veces, la sirena había llorado el luto minero: la masacre de 1949 en Catavi, la del San Juan en 1967, las de las dictaduras… hubo más. Y siempre el campamento había resistido dando batalla. Sabía de tragedias, pero pocas como la de la llamada relocalización. Con el Decreto Supremo 21060 del gobierno de Víctor Paz, “la difunta” era la propia minería y se llevaba al infierno el futuro de miles de mineros y sus familias.

“En la Pascua del 87, el campamento entero asistió a la misa que celebró el padre Roberto Durette, entonces director de la Pio XII, en las faldas de los desmontes. Llevábamos un ataúd que cubrimos de flores y también pusimos flores entre las piedras de la explotación en señal de esperanza cuando todos nos preguntábamos: ¿será que todo se va a acabar?”, recuerda el director de la emisora fundada en 1953 por el padre oblato Mauricio Lefrebre en Siglo XX,  que allí sigue funcionando.Para Luis Lisidro Díaz, entonces apenas un niño, la ruptura de su mundo era incomprensible. “Cada día venía un camión de la Empresa y con guardias vigilaba que cada familia empaque sus cosas. Así nos llevaban hasta la tranca y ahí nos botaban, sin un sitio a donde ir”. Para entonces, el hermano mayor de Luis –que falleció hace cinco años por mal de mina- había heredado de su padre oficio de minero. “Y tuvimos que irnos, a nosotros nos tocó El Alto”. Precisamente esta ciudad paceña y el Chapare cochabambino fueron los destinos de la mayoría de los relocalizados. “Hay sangre minera en el Chapare y en El Alto. Por eso allí han surgido los movimientos que han entronado y derrocado gobiernos”, analizaría después el ex alcalde Solís.

Después de una década, “Lui” Lisidro volvió a Siglo XX para quedarse, porque “aunque no estaba en sus planes”, se enamoró de una paisana en una visita de su banda de rock alteña. Ahora es propietario de un pub, donde da rienda al amor por el rock que le nació en los 80 a fuerza escuchar en la radio Pio XII el programa Metal, por supuesto y de haber aplaudido en el teatro 31 de Octubre a las mejores bandas en vivo. “Al campamento –dice- en tiempos de la Empresa llegó Wara, 50 de Marzo, hasta la Swingbaly”. Con tanta historia, su boliche no puede tener mejor nombre: “La Obertura del Siglo XX”.

A pocos pasos de la Obertura, encajonada entre puestos de venta y dos enormes construcciones, está la Plaza del Minero. En su centro, bandera en mano, la Estatua de Minero rinde homenaje a una tradición sindical que dio dirigentes de la talla de Federico Escobar, César Lora, Isaac Camacho. “El monumento es famoso porque está hecho en base a un minero real, un tal Camacho fue el modelo”.

Abajo, en la sima de la montaña –rodeada por ruinas de inmensas estructuras que un día fueron ingenios, andariveles, barracas– una riel carcomida por el óxido conduce al socavón de la mina Siglo XX. En el dintel, la imagen de la Virgen de la Concepción.  Adentro está el Tío y a ambos hay que tenerles respeto. Parece un antiguo fósil abandonado y sin embargo cada día esta mina acoge a cientos de cooperativistas… No. Esto no está muerto.

-          “Los cooperativistas siguen arañando las entrañas del cerro y viviendo de sus riquezas, aunque en peores condiciones que antes –sentencia Félix Torrez, mirando el paisaje triste desde su oficina de la radio. Ha habido y va a haber vida en este distrito”.

Mineros, mineras, palliris

Son las 7.00 y una vagoneta asciende por la montaña Juan del Valle rumbo a la mina Cancañiri. Viajamos con ocho mineros amontonados que charlan saltando cómodamente del quechua al castellano. “Habían venido las tres Marías”, ríen, refiriéndose a nosotras. Nosotras somos Liliana Carrillo, cronista; Noelia Zelaya, fotógrafa, y Tania Sossa, investigadora social.

La actividad en el atrio del socavón reta al frío intenso “y eso que no es invierno”. En casuchas de calamina se alquila herramientas; cinco señoras venden coca en bolsas de dos, cinco y diez bolivianos; también ofrecen lejía, cigarrillos negros y encendedores. Otras tantas, jugos hirvientes de linaza y quinua con limón. Junto a la bocamina, hay un comedor con mesas de cemento, donde se sirve caldo de cordero, ají de chuño, sajta de pollo…

Es un mar de guardatojos. Mineros de todas las edades conversan, compran, bromean. Sus historias son similares: migrantes o hijos de mineros, son socios de alguna de las cuatro cooperativas que explotan el llamado “stock de La Salvadora” –20 de Octubre, Victoria, Siglo XX y Multiactiva–, trabajan sin horario y con mínimas condiciones de seguridad.

“Con el 21060 han pensado que los mineros íbamos a desaparecer, pero nos hemos agrupado en cooperativas y ahora somos más de 5.000”. Juan Flores es el director de la Federación Regional de Cooperativas Mineras de Norte Potosí (Ferecomin). Lo habíamos conocido el día anterior “de civil” en su oficina en Llallagua y hoy, con casco y botas en el umbral de la mina Cancañiri. Sus palabras suenan a sentencia: “Los mineros hemos dado todo por el país, desde tiempos de Patiño, para el desarrollo de Yacimientos, para la recuperación de la democracia y ahora quieren cobrarnos el 15% de impuesto del IVA cuando ya pagamos regalías del 3%, pagamos la concesión minera al Estado… ¿dónde más? No nos vamos a dejar. El guardatojo nunca va a estar en piso porque Bolivia tiene una deuda histórica con los mineros”.

Divididos en tres turnos, al menos 1.500 mineros entran cada día a las entrañas del cerro Juan del Valle. [RB3] “Hay socios que trabajan hasta 24 horas por necesidad – comenta ahora Carlos Mora, Secretario General de la Cooperativa 20 de Octubre- Es peligroso, no podemos darles óptimas condiciones de seguridad en interior mina”.

En el último año, en el stock de La Salvadora se registraron 27 accidentados, 12 de ellos murieron por “planchazos” o derrumbes. La última tragedia se llevó la vida de dos veinteañeros que, por inexperiencia, ingresaron a una zona de gases venenosos. “El problema fundamental es que desde el 52 no tenemos prospección minera. No se puede saber qué hay y qué no hay en las minas. Solamente estamos comiendo lo que ha dejado la Patiño Mines y algo la Comibol”, puntualiza Flores, quien dedica a la dirigencia 20 años. Cargados de callapos (troncos), dinamita, herramientas y coca, los mineros han empezado a entrar a Cancañiri. En el desfile hay mujeres que han atado sus trenzas dentro del guardatojo y cambiado las polleras por pantalones y botas. “Tenemos compañeras socias que trabajan en interior mina. Antes era prohibido, pero ahora con la Ley de que todos somos iguales se han atrevido las señoras y no podemos decirles no”, explica Flores y aclara que lo que no permiten son niños. Ese día, no vimos a ninguno aunque según la Moldenats (Movimiento Local de Niños Niñas y Adolescentes, con sede en Uncía), los menores ahora trabajan en los ingenios

Hay pocas mujeres mineras, apenas cuatro o cinco por cooperativa; la gran mayoría, viudas o madres solteras. “Mi marido ha muerto en accidente y yo, ¿qué iba a hacer? He seguido explotando la concesión –comenta Nora. Acaba de salir del turno nocturno y ahora debe “correr” a ver a sus tres niños que se han quedado a cargo de su hermanita. “Yo trabajo para mis hijos”, alcanza a decir antes de irse.

Con guardatojo, Lidia Vera (47) se camufla ente los cientos de mineros que se alistan para iniciar la jornada. “Yo soy madre soltera, tengo seis hijos y trabajo aquí hace cinco años”, cuenta escoltada por los dos varones mayores de su prole, que también son mineros. “Adentro podemos hacer lo mismo que los hombres y ellos nos respetan, son buenos, ayudan –asegura- Una se cansa pues pero siquiera puede explotar su concesión, antes sólo podíamos ser palliris”. De esas mujeres, que rescataban manualmente el mineral de las colas y desmontes, quedan pocas.

Doña Amada es una de las sobrevivientes de aquel oficio. Explica en quechua que tiene 75 años y cuenta sonriendo otras cosas que no entiendo. Al despedirse, cariñosa, agarra mi mano entre las suyas curtidas que, en tantos años, han acabado por mimetizarse con las piedras de su trabajo.

“Dicen que los mineros somos tristes, mentira — Julio Condori nos ha encontrado. Vivimos con la muerte cada día, por eso cuando podemos nos alegramos, reímos. Ya hay mucho tiempo para amargarse y la vida es corta para ser valiente”, dice sonriente y antes de perderse en la oscuridad espesa de la mina, vuelve a mostrarme la joroba del Llallagüita. Y esta vez sí se me rebela claro, clarito, el fruto de la montaña sobre la ciudad que despierta.

Uncía y Catavi, nostalgias de la gloria

En Uncía, Simón I. Patiño descubrió en 1900 la veta de estaño más rica de la historia en la mina La Salvadora. Allí construyó una vía férrea, levantó un palacio, instaló la primera generadora de energía a diesel y creó un campamento con todas las comodidades –cine, cancha de golf, piscina– que fueron conservadas después por la Comibol tras la nacionalización en 1953.

De esos tiempos de gloria, hoy quedan sólo estructuras viejas. De lejos la estación del tren luce en ruinas, pero de cerca los llantos infantiles rebelan que sin mayor mantenimiento se ha convertido en una guardería. El palacio que Patiño regaló a su esposa, Albina, es un modesto museo municipal que se opaca ante lo imponente de la generadora Miraflores, cuya enorme maquinaria aún sigue en pie y puede ser visitada. El municipio, ubicado a siete kilómetros de Llallagua, se ufana en promocionarse como “la capital folklórica de Potosí”. El 30 de septiembre fue la fiesta en honor a su santo patrono, San Miguel, y entre decenas de bailes brilló la danza Los Doctorcitos, inventada en Uncía.

Catavi, submunicipio de Llallagua, fue el centro administrativo de la Empresa Patiño Mines; y, después de la nacionalización, lo fue de la Corporación Minera de Bolivia. Se caracterizaba por su modernidad traducida en chalets para los ingenieros, campos deportivos y el primer y más lujoso teatro de la zona. Pero tras décadas de abandono, el teatro se deteriora entre basura y las casas, nunca refaccionadas, se desmoronan aunque siguen habitadas. Sin embargo, el distrito mantiene el orgullo de poseer aguas termales con las cualidades curativas, que son aprovechadas las 24 horas en un balneario municipal.

El resto son recuerdos y ruinas jóvenes de trenes, ingenios y campamentos que se llevan consigo el secreto del auge y el destino minero de dos pueblos.

Llegamos a Oruro después de burlar un bloqueo en La Paz. En la terminal orureña hay dos opciones para llegar a Llallagua: la más rápida y económica (Bs. 15), aunque riesgosa por la velocidad que imprimen los conductores, son los Noahs o minibuses, también llamados Surubíes. Más cómodas y seguras son las flotas Minera y Bustillos, que parten intercaladamente a cada hora. El pasaje cuesta Bs. 20. Desde Llallagua se puede llegar fácilmente a los pueblos vecinos. Para ir a Catavi, a siete kilómetros, están los taxis 9 de Febrero, que salen de la plaza. El pasaje cuesta dos bolivianos, 50 centavos más que los minibuses que dejan a los pasajeros en las puertas de los famosos baños termales. Para ir a Uncía, a siete kilómetros de Llallagua, también hay taxis que salen frente a la iglesia; el pasaje cuesta Bs. 2,50 y, salvando la incomodidad del quinto pasajero, llegan a su destino en unos 20 minutos. Nos despedimos de Llallagua después de un día de incesante lluvia. Mochilas en hombros, partimos a nuestro próximo destino: Pocoata.

Cuaderno de viaje

 

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