Luribay, Caracato & Sapahaqui – Valles de los Andes

Enviado en Artículos, Ruta de los andes y yungas

Sapahaqui, Caracato, Luribay,

valles de río salado

Texto: Liliana Carrillo V. / Fotos: Noelia Zelaya C.

Hay 18 tipos de duraznos y a cada cual con el nombre más lindo: “mocito blanco, perchico colorado, ulincate jaspeadito… Y las peras ¡qué le digo!: la pera invierno, la mantequilla, la argentina, la famosa chola sapahaqueña, que es la más jugosa…”. Mientras pronuncia cada nombre, doña Nieves Raldes dibuja en el aire las formas, los tamaños, los aromas. “Aquí, en estos valles, está la mejor fruta; camiones cargados salen a La Paz, a Cochabamba, a Santa Cruz en su tiempo”.

Pero éste no es su tiempo. Los frutos no llegarán sino hasta febrero. Ahora, en primavera, los campos están en un limbo: creciendo prósperos en espera de la cosecha y luchando con los vientos bravos, los pájaros hambrientos y un río caprichoso, ahora dormido.

“Este es un río salado”, dice doña Nieves y se ríe con su ocurrencia: “nos ha traído tantas desgracias pero es salado porque nunca ha tenido agua dulce”. Ese río, que cambia de nombre en el lugar al que llega, une a Sapahaqui, Caracato y Luribay, tres pueblos agrícolas de la provincia Loayza de La Paz. Además de un pasado de haciendas y talento para el vino y el singani, estos valles comparten el sueño de tener, finalmente, agua potable.

Sapahaqui: lo que el río se llevó

Mediodía soleado en la capital del municipio. El minibús de Trans Sapahaqui acaba de dejarnos en el pueblo después de un camino ondulante que partió de El Alto y en cuyo transcurso el asfalto se vuelve tierra; y el altiplano, valle.

Tres tiendas abiertas, un kiosco y un puesto de comidas en una esquina. Alrededor de la plaza, en cuartos oscuros con las puertas abiertas, escolares bien uniformados, sentaditos en pupitres. “Ahora se está construyendo la nueva escuela ´René Barrientos Ortuño´ -explicaría después el profesor Jaime Acarapi – por eso los vecinos han prestado tiendas para que se usen como aulas”.

“El alcalde no está, sólo lo encuentra los miércoles. Sino búsquelo en su oficina en La Paz”, dice la secretaria la alcaldía. Es jueves y la oficina del municipio, que comprende a 108 comunidades, está demasiado tranquila.

“Son muchas comunidades dispersas y pequeñas, algunas sólo de diez familias; ese es un problema para administrar. Y cada vez se dividen más porque les conviene recibir recursos”, explica doña Nieves Raldes. Apoltronada en su kiosco, esta señora de 76 años no sólo es experta en frutas y cosechas, sino también en lides municipales.

-          “Yo fui alcaldesa el 94, la primera mujer alcaldesa de Sapahaqui. Y desde esas veces hasta ahora el problema sigue siendo la falta de agua. Sólo tenemos una vertiente que está contaminada por los pozos ciegos. No hay agua potable, una vez al mes nos traen porque el pueblo paga –analiza Raldes. Estamos decaídos desde que el río se ha llevado al pueblo. Desde esa vez la gente se ha desmoralizado y se ha ido”.

Fue en 1947. Aquel verano prerrevolucionario, el río creció tanto que se comió el pueblo entero: sus casas, su templo colonial, sus sembradíos, sus ilusiones. Cuarenta personas murieron en la tragedia, entre ellas la madre y un hermano de doña Nieves. De lo que fue el primer Sapahaqui, ese que en el siglo XIX fue sede del colegio militar y que después refugio del escritor Carlos Medinacelli, quedan apenas ruinas de los gruesos muros de la iglesia, camuflados entre sembradíos.

“Se ha reconstruido el pueblo enterito y contra viento y marea seguimos con la bendición de nuestra fruta”, cuenta Betzabé Fernández, presidenta de la junta de vecinos de Sapahaqui y heredera de una larga estirpe nacida en estos valles. “Tienen que venir en marzo, ahí van a ver el paraíso de los arbolitos llenos de peras, de duraznos, de ciruelos, de manzanas… Por eso en semana santa hacemos nuestra Feria de Durazno. También es famoso nuestro plato típico: lechón con huminta”. Pero ni soñar con encontrar el platito cualquier día en Sapahaqui. Con suerte, de lunes a viernes, se halla el ají de fideo, de dos y cinco bolivianos, que doña Susana Quispe vende en la plaza y que es muy popular entre los escolares.

“Pese a todo –doña Betty, así la conocen desde siempre, se pone seria- tenemos necesidades: el agua y la desnutrición… no comen bien los chicos, fideo y durazno nomás, no hay leche”, admite esta mujer de 50 años que después de criar a dos hijos, ahora profesionales, volvió a su pueblo y allí pasa la mitad de la semana administrando su hostal El Morro. “Aquí vienen  turistas, les gusta la tranquilidad, aunque faltan cosas: no hay pensión ni agua. Ahora estamos en temporada baja, por eso me voy cuatro días a La Paz, allí tengo casa”, dice.

De no ser por los escolares, Sapahaqui sería un pueblo desierto con corazón de ladrillo y cuerpo de sembradíos; un pueblo con aspecto nuevo pero con alma vieja. Todos, sin embargo, coinciden: “otra cosa es en tiempo de fruta”. Así se explica la existencia de tres hostales y un alojamiento en este caserío, donde todos se saludan por el nombre y donde, curiosamente, no se encuentra fruta sino buenas marraquetas. “Los duraznos salen directo de los campos, aquí se venden sólo en la Feria”, aclara doña Betty.

Dejando atrás Sapahaqui, paralelo al río, el camino salpicado de nopales pasa por Tacobamba y varios pueblitos antes de llegar a Caracato, el segundo cantón de municipio. En medio de la ruta, en Parani, se levanta, todavía imponente, una enorme hacienda con palmeras escoltas, escaleras imperiales y amplios balcones revestidos de mosaicos. En el siglo XIX fue la Hacienda Parani, propiedad del presidente José Ballivián. De los restos del abandono se puede inferir la gloria: una falca en desuso con varios enormes toneles, amplios patios, y una decena de habitaciones, aún con candado en la puerta, deshechas por el tiempo.

Cerca está la comunidad Chivisivi, tan pequeña como famosa por sus vinos y singanis. “En esta zona había falcas desde la colonia. Aquí crece la uva porque es más caliente”. Hemos encontrado a don Aurelio Arenas cuidando su campo de damascos y ahora nos conduce ágil a su destilería, un galpón rodeado de viñedos. “Aquí hacemos el singani que llega a La Paz con etiqueta”, cuenta con vitalidad envidiable. “Tengo 83 años y estoy bien, será por el singanito”, y ríe pleno mientras llena copas de distintos toneles.

“Aquí estaba la falca de la hacienda de don José Luis Aramayo;  ahí yo he trabajado desde niño porque he quedado huérfano. Después de la Reforma (Agraria) he seguido hasta que he llegado a ser socio del patrón. En los 60, él se ha ido y me ha vendido esta tierra”, cuenta y bebe un trago largo de un singani dulce, con aroma a uva, que ha heredado su nombre: “Don Aurelio”.

Caracato: la cacica y el cura

Caracato en domingo. Algún día éste fue el mercado más grande de los valles paceños; de ahí su nombre aymara: qara (hombre blanco) y cato (mercado). Hoy ha perdido su feria y también su hotelito Los Nogales que fue uno de los principales en la zona hasta el año pasado. “Está en refacción”.

En la plaza, la señora Abelina apura los alfajores; así les llama a los panes unidos con crema dulce que vende acompañados de chicha de maní. A su alrededor hay cúmulos de losas apiladas, jardines descuidados, basureros viejos y el monumento dorado de una cacica engalanado por una guirnalda ya marchita. “Caracato a su hija predilecta, Bartolina Sisa Vargas”, reza la plaqueta.

-          “Al año vamos a celebrar los 230 años del nacimiento de Bartolina Sisa, la mujer de Tupac Katari, que también ha peleado en el cerco indígena. Ella es de aquí pero dicen que en su tiempo ha ordenado que su apellido desaparezca para proteger a su familia. Vargas, su apellido materno, ha quedado”.

Eloy Choque Estrada, presidente de la junta de vecinos de Caracato, descansa bajo la sombra  de un árbol. Acaba de volver del trabajo que, por turnos, realizan los pobladores para prevenir la crecida del río. “El río se está comiendo campos, llueve y capaz se entra hasta la iglesia. Nosotros tenemos que hacer, apenas la gobernación nos ha prestado un tractor. Así ha sido siempre, vivimos olvidados, no podemos ni terminar de enlosetar la plaza –mira al cielo y hace un pausa– Si no hubiera sido por el padre Amador, qué hubiese sido de nosotros”.

Todos quieren al padre Amador Merino, un sacerdote español que llegó a Caracato en los 50 y no se fue sino en ataúd, “como había prometido”. “Harto hemos llorado cuando se ha muerto”, relata ahora doña Abelina, con la memoria reciente de sus 66 años. Ha hecho una pausa en sus alfajores y conversa mirando de rato en rato la estatua del cura que está en el atrio del templo. “Era el 2 de febrero 2007, fiesta de Candelaria, y el padre había ido a dar misa a Sapahaqui. Cuando volvía en su auto, por dar paso a una flota, al río se ha caído… Se lo ha llevado este río malo y a nosotros nos ha dejado huérfanos”.

-          “El padre ha hecho que seamos el único pueblo de esta región que tiene agua tratada que viene de la poza de Suqui, a 20 kilómetros. Antes tomábamos agua del río, había harto bocio, muchos nacían sordomudos. El padre también ha conseguido fondos internacionales para que tengamos luz y ha hecho construir la escuela”.

Don Eloy –58 años, rostro moreno y surcado de arrugas– conoció al sacerdote español siendo niño, como todos los de su generación. “Eso fue antes”. Antes de que Choque se fuera y volviera tras probar suerte como músico en Cochabamba. “Teníamos un grupo, tocábamos huayñitos”, recuerda y canta un tema antiguo: arbolito verde, naciste en la playa, mojando tus ramas con agua salada”.

-           “Este es un pueblo valiente, estamos aguantando mazamorras. Antes había que viajar dos días en mula llevando las verduras, ahora siquiera tenemos camino y vienen de todas partes para la fiesta del 8 de diciembre. Pero necesitamos agua porque la poza ya no alcanza… ”.

Luribay, el histórico vergel

Es una postal que se dibuja después de una vía polvorienta de 65 curvas. Montañas de jaspes colorados arriba, un río cristalino abajo y campos de un verde insolente bordeando un pueblo coqueto con árboles frutales en su plaza. Declarada capital departamental del durazno y de la uva, Luribay está orgullosa de su agricultura, de sus singanis y de su pasado.

“Esta tierra ha dado al país tres presidentes: José María Pérez de Urdidinea, Enrique Calvo y José Manuel Pando, de ése todavía está en pie su hacienda en el cerro Laurani. Luribay es el almacén de La Paz, tiene un clima ideal, gran potencial turístico y como sus duraznos no hay”, dice Eddy Gonzalo Aguilar Canasa, pedagogo de profesión y director de Desarrollo Humano del municipio integrado por 85 comunidades.

Pero hay problemas en el paraíso: el municipio –que tiene un estadio próximo a estrenarse y una floreciente industria vitivinícola– es uno de los más afectados por la carencia de agua potable, carece de servicios de telefonía y vive en permanente alerta por la crecida del río; el mismo caudal salado que destruyó Sapahaqui y amenaza a Caracato.

“De todo tenemos, menos agua”, dice sincera como es Julia Saravia. A sus 75 años, esta señora menudita, que vivió en tiempos de las haciendas y parió diez hijos, es incansable: siembra sus campos, recita en cuanto acto haya y ahora anda ocupada dibujando el plano del pueblo antiguo, ese que se perdió en parte en la riada de 1945.

-          “Me acuerdo de esa mazamorra. Todos hemos escapado hasta la iglesia. Los peones cargaban a los patrones”, recuerda doña Julia como quien descifra las piezas de un mundo otrora ordenado. “Aquí había dos hermanas: las señoritas Clara y Elvira Santa María eran dueñas de casi todo. También estaban los Santivañez. Mi mamá vivía con la señorita Elvira, que tenía su casota en el pueblo. Había que ver cómo la querían a la patrona los campesinos. Cuando iba a su finca, yo era chiquita, la recibían con bañadores de duraznos, de uvas… Después, con la Reforma todo ha cambiado, ha decaído. Las patronas ya no tenían ni para su colorete”.

De esos tiempos hay vestigios. Depositados en la sacristía del templo San Pedro de Luribay, aún se conservan registros eclesiales originales de bautismos y matrimonios que datan del siglo XVIII.  “Miren, miren… están los nombres y apellidos de todos los bautizados y se comprueba que ya había matrimonios entre indígenas y hacendados”. El padre Hugo Limachi enseña los cuadernos con tapa de cuero, muchos deteriorados, pero todos escritos a tinta con delicada caligrafía. “Es un tesoro”, añade el sacerdote, experto aymarista. “Luribay viene de Lur wayust’a que significa tierra de loros”, enseña.

Los martes hay feria en Luribay y la plaza cambia su cotidiana placidez por el bullicio de vendedores y compradores. Se instalan puestos de salteñas, de helados, de jugos. La pensión Pando prepara platos especiales y confitería internet Luribay hace gala de su especialidad culinaria: el lomo montado.

“Queremos que el pueblo crezca, por eso hemos vuelto para trabajar aquí”, explica Ivonne Touchard Tapia. Nacida en este pueblo hace 53 años, esta dama de apellido francés y ojos verdes es la propietaria del primer internet de Luribay, aún antes de que llegue el servicio. “Estamos esperando la señal, estos días la van a instalar”, justifica y cuenta que creció jugando en la plaza, cuando aún no había luz eléctrica y la mayor diversión de los chicos era ir a bañarse al río y cosechar duraznos.

“En los últimos años se ha descartado el uso de plaguicidas. La producción agrícola de Luribay es natural y mejorada con injertos”, sostiene ahora el agrónomo Edgar Castillo quien se define como un luribayeño “de cepa”. Estamos en su huerta perfumada por árboles de laurel, manzana y pera que se ordenan entre carpas de almácigos. “El pasado, el presente y el futuro aquí es la fruta, por eso trabajamos para mejorarla”, dice el experto y cuidadosamente quita el plástico que protege las ramas de un árbol. Entonces, cien veces mentado, el primer durazno de la nueva cosecha de los valles paceños se nos ofrece generoso.

–RECUADRO

Cuaderno de viaje

Hay que decirlo: la ruta de los valles paceños no es una ruta. No sabíamos eso cuando nos embarcamos en un minibús de la empresa Trans Sapahaqui de la plaza Juana Azurduy de El Alto. Los vehículos parten a cada hora, o cuando se llenan, y llegan a Sapahaqui  después de tres horas de viaje. El pasaje cuesta Bs 15.

Esta misma línea continúa su servicio hasta Caracato, pasando por decenas de comunidades intermedias. Sin embargo en fin de semana son muy pocos los minibuses que llegan y menos los que tienen espacio. Eso lo averiguamos un sábado desierto después de cinco horas de infructuosa espera en la plaza de Sapahaqui. No había escolares, por lo tanto tampoco estaba la señora  que nos había alimentado los días pasados con ají de fideo. Así que en las tiendas nos aprovisionarnos del almuerzo: marraqueta y sardinas. Ese día no pudimos viajar.

El domingo llegamos a Caracato en el primer minibús. La esperanza era contratar allí un vehículo que nos lleve a Luribay, que está a sólo 37 kilómetros. Pero no hubo suerte, ni los camiones se animaron. “Hay camino, pero está mal”.

Resignadas, al día siguiente viajamos cuatro horas de Caracato a El Alto para tomar transporte que en otras cuatro horas nos lleve a Luribay. Llegamos a medio día a las oficinas de Trans Luribay para enterarnos de que los minibuses, que salen diariamente a las 6.00 y 14.00, ya habían vendido sus pasajes de los siguientes dos días. A estas alturas, parecía una mala broma. Sin otra opción, tomamos un bus que iba a Calacoto (el pueblo, no el barrio) y que pasaba por el cruce de Luribay. De allí, mochilas al hombro, nos esperaba media hora de caminata. No importaba: finalmente –cansadas y empolvadas- estábamos en Luribay. Habíamos logrado cubrir la ruta inexistente de estos valles.

Singanis y vinos, tradición valluna

“El singani debe ser recio, pero con su toquecito dulce y perfumado”, define Omar Apaza, presidente de la Asociación La Cabaña, una hacienda con viñedos, falcas, restaurant y albergue en el corazón de Luribay.

Omar y sus siete hermanos se asociaron hace dos años para crear esta empresa familiar que produce singani, vino, frutas en conserva y mermeladas con productos típicos de los valles paceños bajo la marca “Luribay”. “Estamos creciendo y ya podemos comprar a precios justos las cosechas de otros agricultores de la zona. A todos nos conviene”.

Rocío Apaza, otra de las socias, se ocupa de ultimar los detalles del complejo turístico que se construye en La Cabaña. “Ya hemos tenido buenas experiencias con extranjeros, les gusta ver el trabajo en la vendimia, participar en el proceso de producción del vino. Ojalá también vengan bolivianos cuando inauguremos; Luribay es un paraíso”, invita.

“Nuestro padre –Samuel Apaza- aprendió a hacer vino y singani desde niño, cuando trabajaba aquí, en una hacienda. Ha quedado viudo muy joven, con ocho hijos, y siempre nos ha impulsado a estudiar y trabajar juntos por nuestro pueblo”. Habla Leticia, la menor de la familia Apaza e ingeniería industrial de profesión. “Dos de mis hermanos son agrónomos, otra es bioquímica, hay también un administrador de empresas”, cuenta.

Con varios premios ganados en ferias de emprendedores, los socios de La Cabaña tienen ahora el reto de industrializar sus productos. “Hemos empezado con una falca antigua, que había pertenecido a la hacienda de Ballivián”, comenta Hugo Choque, el técnico de la empresa, rodeado de nuevas máquinas, termómetros, toneles. “Nos estamos modernizando pero no vamos a perder el sabor artesanal del singani de Luribay”, promete e invita el elixir ¡Salud!

 

 

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