Pocoata – Entre el templo y el tinku

Enviado en Destinos, Ruta de los andes y yungas

Pocoata, el pueblo del templo prisionero

Texto: Liliana Carrillo V. / Fotos: Noelia Zelaya C.

Si te quedas muy quieto alcanzas a oír un charango. Allí, bajo la frondosa arboleda impregnada de sol, en la plaza de Pocoata, un jovencito flaco con lluchu de colores y chaqueta bordada arranca una nítida tonada al instrumento de quirquincho. Alrededor, campesinos sentados en bancas charlan en quechua, un rosario de tiendas compite con un mercado improvisado, varios perros van apurados a alguna parte y frente a la alcaldía de dos pisos, imponente, se levanta la cúpula de un templo prisionero.

- “Lo han encerrado. Antes el templo tenía un atrio grande con arcos y su portón daba a la plaza, pero adelante han construido casas… ¿Cuándo sería? Eso sí no sé”.

Y hay pocas cosas que don Gerónimo Díaz Arteaga no sabe del pueblo nortepotosino donde nació hace 77 años, del que fue alcalde, del que se fue pero siempre volvió. “La iglesia es monumento nacional –recalca- pero las autoridades no han hecho nada para su restauración y así está ahora: vacía, abandonada, envejeciendo”.

Se divisa desde lejos. Apenas el camino polvoriento de pendientes que estremecen desgrana su última curva y el paisaje se cuadricula de cultivos, aparece  la cúpula de monumento de Pocoata.  Apacible, este es un pueblo quechua de niños y ancianos. Carece de agua potable, tiene sólo dos alojamientos y una pensión pero se enorgullece de sus cultivos de maíz y tuna, de sus costumbres  y, claro, de su templo.

“Este pueblo es famoso por su iglesia colonial que es monumento nacional, por su chicha y por los charangos y el tinku”, dice Juan Lizarazu Baldiviezo, antropólogo de profesión y Director de Cultura del municipio de la provincia Chayanta de Potosí. Cuenta que nació en Uncía hace 34 años, que estudió en la UTO de Oruro y que el 2010 decidió cambiar el frío de las tierras mineras por la calidez del valle agricultor.

“Cuando la iglesia esté restaurada todo va a mejorar; va a ser un atractivo turístico y cultural”, asegura Lizarazu. “Van a venir a visitarnos y nosotros vamos a estar más orgullosos”, diría después don Gerónimo. “Las pinturas se van a restaurar, para el templo nuevo todo tiene que hermosearse”,  sentencia, enfático como es, el párroco Juan Pastor Zavala. Y es que si la esperanza compartida de los pocoateños tuviera forma sería una iglesia capaz de vencer al tiempo: su iglesia, la que recuerdan y la que inventan.

Pastor de Dios

En frente estaba el altar, un espléndido altar bañado en pan de oro con la imagen de San Juan Bautista como centro; alrededor de la bóveda los doce apóstoles en lienzos. Al fondo, el coro y a la izquierda, con la estatua del Cristo del Pilar como custodia, la pila bautismal. Así fue y así ya no es. Del esplendor del templo San Juan de Pocoata queda un esqueleto de adobe, gruesos muros dejan ver su corazón de barro y una cúpula sostenida por maderos.

“Era un templo rico pero se han ido malbaratando las cosas y ahora los únicos cuadros que quedan están aquí, en la parroquia”, explica el padre Juan Pastor Zavala. Está en su oficina, ubicada en el patio posterior de la iglesia, que hace las veces de vivienda. Las modestas paredes rosadas lucen sin remilgos una decena de magníficos –aunque deteriorados– lienzos coloniales, dos calendarios de fiestas patronales y la vieja foto en blanco y negro, casi sepia, de un soldado boliviano en una estación. “Es mi padre partiendo a la Guerra del Chaco”, cuenta el cura y se detiene en las pinturas: “Este es San Bartolomé y, con ese hermoso marco, Santiago apóstol. Allí un doctor de la Iglesia, posiblemente Santo Tomás de Aquino. Y los cuadros pequeños, ya borroneados, son de San Francisco de Asís, Nuestra Señora de Guadalupe, El desposorio de la virgen, Nuestra Señora de la Merced de los Cautivos, Jesús en los brazos de la Dolorosa…”. De cada obra cuenta una historia, familiarmente, como quien habla de un amigo al que conoce desde hace mucho tiempo.

-          “Yo he sido párroco de esta iglesia de San Juan dos veces; siete años en los 70, la primera vez y ahora que voy por mi séptimo año –relata con voz ronca y clara, forjada en años de sermones. Desde que me consagré como sacerdote, el 72 en Sucre, he trabajado con el primer Cardenal, José Clemente, que era un santo varón; he sido capellán de las monjitas; he estado años en Colquechaca, donde tenía un preseminario con jóvenes de donde han salido siete sacerdotes… De todo he hecho, así he envejecido. Ya no pensaba volver a Pocoata pero, ya me ven, aquí estoy”.

Una señora con un niño en la espalda entra de improviso a la oficina parroquial e interrumpe la charla. Cariñoso, el padre le dice algo en quechua y ambos ríen. “Mis sermones los doy en quechua”, cuenta y aprovecha la pausa para compartir galletas y vino dulce que le mandan desde Sucre las monjitas clarisas. “Sólo en Potosí hay 30 parroquias sin cura –dice.  El problema es que ya no hay vocación de servicio a Dios, los sacerdotes jóvenes cada vez son menos ¡Y los escándalos!… son armas para los enemigos de la iglesia. Me da mucha pena”.

Vocación nunca le faltó al padre Zavala: “Yo digo que el señor me escogió para ser su sacerdote desde el vientre de mi madre”, explica mientras endulza su historia con vino: “Mi mamita vivía en Llallagua, donde mi padre era minero, pero se fue a la capital para que yo nazca, el 38. Sucede que cuando me esperaba le cayó un rayo. Entonces no faltaron las amigas que le dijeron ‘Antuquita (Antonia se llamaba ella) ¿por qué lloras tanto? Vamos a cancharnos a Copacabana y tu hijo va a nacer sanito’. Ni corta ni perezosa, se fue al santuario en tren, a lomo de bestia, como pudo. Y cuando llegó ante la Virgencita, de rodillas le prometió que si yo nacía bien, me iba a consagrar a la Iglesia”.

Sólo una vez dudó. Agonizaba la década de los 60 y Juan Pastor estudiaba con los Oblatos en un pueblito de Argentina cuando conoció a una joven italiana. “No había nada, pero me estaba encariñando con la italiana cuando, quién le dice, recibo la carta de la tía que me educó con tremendos sacrificios, que me dice que estaba pobre y hospitalizada. Bastó eso para que me olvide de todo y vuelva con mis pilchas a Bolivia. Esa carta fue providencial, era voluntad de Dios que sea su sacerdote”. Acostumbrado a descifrar señales, el padre ahora está convencido de que la providencia lo devolvió a Pocoata con el propósito de revivir el templo.

Ahora paseamos por las ruinas que han dejado dos sismos y varias décadas de abandono en la iglesia construida en el siglo XVIII. No hay fechas precisas, pero en uno de sus muros se lee: “Restaurada en 1772”. “El templo era una maravilla hasta que se cayó el techo el 1947 –cuenta mirando la cúpula, la única restaurada. Si tenemos algo es gracias al padre Ibbes Anderson. Parece que en un momento trató de recuperar el atrio, desocupando las tiendas que construyeron, pero eso no les gustó a los interesados, que le hicieron la vida imposible al padre, lo insultaron, amenazaron con matarlo y él se fue muy dolido”.

Pero Zavala no ha de irse de Pocoata, no sin ver que las reliquias –que ahora están en una capilla improvisada para el culto– vuelvan a la iglesia restaurada. “Se ha de hacer, los cuadros han de volver a su sitio, vamos a recuperar muchos que están en Potosí”. Y con él está el alcalde Teodoro Rueda Vásquez.

“Ya está todo. Hemos firmado con la gobernación el proyecto a diseño final y vamos a recuperar la iglesia”, asegura la autoridad nacida en Pastopampa, una de las 14 comunidades del municipio de Pocoata. “En mi gestión vamos a avanzar tres fases. En la primera vamos a arreglar el techo; en la segunda vamos a refaccionar por dentro y después, el exterior recuperando [el terreno de] las tiendas que han tapado el atrio. Antes no nos han dejado, pero ahora vamos a ser fuertes”, dice Rueda y añade que el templo será uno de los atractivos de una planeada ruta turística del norte potosino, que comenzará en Llallagua y terminará en Ravelo.

De estirpe, charanguero

De vuelta a la plaza nos recibe una fresca brisa que mueve el follaje y el rumor de gente en la Alcaldía. Estos días, los primeros de octubre, hay un movimiento inusual en el pueblo, pues muchos comunarios han llegado para beneficiarse  con una campaña de entrega gratuita de certificados de nacimiento. Son buenas noticias para los hermanos Villalta, porque “de todos los que vienen, alguno siempre se lleva un charango” y ellos construyen los más famosos de la región.

“El charango es como un niño, tiene que aprender a sonar”, define  Adalid Villalta mientras sostiene un instrumento hecho de quirquincho en su pequeño taller, empapelado con posters de grupos folklóricos, que huele a madera y barniz. Tiene 33 años, es el menor de tres hermanos y el último en adoptar una larga tradición familiar.

-          “Desde que hemos nacido, con mis hermanos mayores, Celedonio y Román, hemos estado al lado de mi papá Fidel y hemos aprendido a hacer charangos. A él le han enseñado los abuelos en nuestra comunidad de Coywaruri –relata Adalid. Mi papá ya no trabaja porque es mayor, 78 años tiene, pero nosotros seguimos ahora en el pueblo. Somos conocidos y pedidos de todo lado nos llegan”.

Un charango artesanal de los Villalta oscila entre 300 y 700 bolivianos, dependiendo de su tamaño, el material y la ornamentación que requiera. “La madera tiene que ser de primera, si es álamo mejor. Nosotros tallamos cada cosita, hasta las clavijas si nos piden, en cinco días. Si quiere de quirquincho, el cliente tiene que traer el caparazón”, explica el artesano mientras risas de niños salen de los cuartos vecinos. “Tengo dos hijos, todavía están en la escuela pero no creo que sean charangueros, tienen que estudiar”.

El benjamín de los Villalta toca ahora una tonada con el instrumento que sostiene y,  como médico que ha auscultado detenidamente a un paciente, da su diagnóstico: “Este charangüito ya está aprendiendo”.

Señora chichera

Todavía no se han dispersado las notas del charango cuando visitamos a doña Maura Choque. Su casa es la última del pueblo, y es que Pocoata se acaba pronto. La señora aparece con una trenza bien hecha y otra en pleno proceso; habla quechua pero de alguna manera nos entendemos antes de que nos abra las puertas, esta vez con el pelo negro bien trenzado.

La chicheria de doña Maura es una de las muchas que conservan la fama de la chicha pocoateña. “Cuando era chica mi madrina Estefanía me ha enseñado”, cuenta esta mujer de 50 años que desde hace décadas elabora la bebida de maíz, siguiendo una ciencia antigua sujeta a procedimientos de ebullición, decantación y fermentación. La clave para obtener un elixir delicioso es el muco en el que se fermenta. ¿Qué tiene? “Secreto es”.

Su casa es, como todas las casas del pueblo, una seguidilla de cuartos distribuidos alrededor de un patio de tierra. Allí, entre rocas y nopales, esta mañana se han acomodado cuatro robustos jóvenes quechuas que beben y no han dejado de hacerlo desde la noche anterior.

De una habitación oscura llena de vasijas, doña Maura saca tres cuencos de chicha que nos invita. Es amarilla y dulce. “Rica, ¿no ve?”, pregunta amable cuando empezamos a despedirnos. A estas alturas las charlas de los cuatro comensales se han convertido en gritos y amagues de pelea que recuerdan al tinku, pero esto es más real y asusta.

“Dicen que los pocoateños fueron los guerreros más fieros durante la Independencia. Por eso aquí ha nacido el tinku, que se sigue bailando cada 3 de mayo, en la Fiesta de la Cruz”, reflexionaría después Gerónimo Díaz, a propósito del origen del baile del “encuentro”, que Pocoata se disputa  con el pueblo vecino de Macha. “Cuando se ponen la montera los campesinos de aquí, corre sangre”. Y pese a ello, los pocos policías del pueblo no tienen mucho trabajo: “A veces nos enteramos que hay peleas entre comunarios, por agua fundamentalmente,  pero rara vez se levantan denuncias”, informa un efectivo.

 El poblano que sueña

Pensó muchas veces en irse. De hecho una vez se fue; pero ahora, a sus 77 años, don Gerónimo Díaz Arteaga no podría con la nostalgia. “Añoro verdaderamente este pueblo que me vio nacer, he luchado aquí desde jovencito, he sido autoridad. Uno siente, es capaz de llorar recordando las fiestitas, las costumbres, los amigos. No puedo dejarlo, es mi pueblo”. Pero una vez pudo. Muy joven, Díaz se escapó a Argentina donde trabajó en la cosecha de caña.

-          “Casi he nacido huérfano. Mi mamá vivía pero tenía otro marido y se iba a la mina de Llallagua. Con mis abuelos yo he vivido. Por falta de quien me atienda, a los 14 años, me he ido a trabajar la Argentina. Dos años he estado y de ahí me he venido con platita, me he hecho trajecitos también y recién las mujeres me han saludado”, cuenta con una sonora carcajada que su esposa Santusa parece reprobar.

Profesor, ahora jubilado, Díaz tuvo dos esposas y diez hijos. En los 60 fue alcalde de Pocoata y ya entonces enfrentó dos problemas que aún persisten: la carencia de agua potable y la restauración del templo. “Esas veces no había Participación Popular y había que andarse rogando platita. Así y todo hemos empedrado las calles, hemos construido la escuela y la Alcaldía”, recuerda detrás del mostrador de su tienda.

“Ahora el pueblo ha cambiado, ha crecido. Bien pero también se pierden cosas, por ejemplo los carnavales”. Y relata entusiasmado las viejas carnestolendas cuando comparsas de vecinos tomaban la plaza con cántaros de chicha y conjuntos de mandolina,  guitarra y quena, que interpretaban huayños y bailecitos.

Ahora que sus hijos se han ido y que los amigos son cada vez menos, don Gerónimo sigue soñando para Pocoata. “Quisiera tener una emisora para difundir nuestras cosas. Necesitamos agua potable, que las calles se pavimenten y que se refaccione la iglesia porque es monumento nacional”. Díaz ha pasado de la euforia a la seriedad, y de la seriedad a la pena. “Eso nomás quisiera, después uno es feliz en su pueblo”. A su lado su esposa escucha y por primera vez sonríe, quizás por el canto de ese charango que se escucha a lo lejos.

Si llegar a Pocoata es complicado, salir del pueblo es aún más difícil. La ruta más accesible es la que parte de Llallagua; esa fue la que tomamos a bordo de un minibús que cobraba Bs 15, sin saber que el camino de 127 kilómetros está siendo ampliado y sólo se abre a las 7.00, a las 12.00 y a las 17.00. Tres horas de viaje bajan por un vía de precipios, que recuerda el antiguo acceso a Yungas, hasta el valle seco. Los minibuses llegan a la plaza y allí también arriban las flotas de Trans Norte, que viajan una vez por semana desde Potosí (a 174 kilómetros) y Sucre (a 175 kilómetros). Para salir de Pocoata, uno puede abordar los minis que salen diariamente a las 5.00 y a las 15.00 rumbo a Llallagua o los buses que van los lunes a Potosí y los jueves a Sucre. Con el tiempo en contra, decidimos tomar un Noah que salió inesperadamente un miércoles hasta el cruce de la carretera Oruro-Potosí. Tres horas de viaje nos llevaron por varios pueblos de la zona hasta finalmente llegar a la vía interdepartamental donde una flota nos recogió para dejarnos en Potosí. Aquí alistamos mochilas de nuevo para otra travesía, esta vez más larga, que tiene como objetivo el pueblo orureño de Chipaya.

 Los tesoros de San Juan de Pocoata

A ciencia cierta se conoce que el templo colonial San Juan Bautista de Pocoata data del siglo XVIII, que durante años fue el santuario más importante del nortepotosino y que, a causa de sismos y abandono, está hoy en ruinas. Lo que no se sabe cuándo se construyeron las tiendas que tapiaron su magnífico atrio original, ni qué fue de las exquisitas obras coloniales que poseía.

“De tanta riqueza, no queda casi nada. Muchos lienzos han desaparecido y otros dicen que están en las bóvedas de la Casa de la Moneda en Potosí”, cuenta el párroco Juan Pastor Zavala. El poco patrimonio que se conserva deteriorado se reparte hoy en la sacristía y en la capilla que levantó “provisionalmente” para el culto, hace medio siglo, cuando se derrumbó el techo.

Finalmente, el municipio de Pocoata ha logrado fondos de la gobernación potosina para restaurar su templo. Ello, sumado a las recientes visitas de expertos del Ministerio de Culturas, alienta al pueblo que cifra sus esperanzas en la iglesia declarada Monumento Nacional.

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