Totora y Aiquile – Sobreviviendo al terremoto

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SOBREVIVIENDO AL TERREMOTO, EN TOTORA Y AIQUILE LA GENTE TIENE VIVIDOS EL TERREMOTO DE 1998

MÚSICA ENTRE LOS ESCOMBROS. En Totora, el ron sabe a terremoto y algunas figuras religiosas fueron abandonadas con los dedos rotos tras el sismo de 1998. En Aiquile, se rescataron varios charangos entre los restos del derrumbe tras la tragedia. ¿Pueden los objetos convertirse en custodios de la memoria colectiva?

UN TERREMOTO HUELE A QUEMADO.

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Martín Uyardo, oficial de cultura de la Alcaldía de Totora, dice que, después del terremoto de 1998, sintió en la zona un olor intenso a quemado. Hoy es jueves y estoy con él en la Casa de la Cultura del pueblo, en pleno valle, a dos horas y media de Cochabamba. Caminamos juntos por su pequeño mundo, una casa colonial de dos pisos que reúne en una sola planta las reliquias de un lugar que pareciera anclado en el tiempo. Acá hay retratos de gente ilustre, cuadros de pintores de la región, antiguas máquinas de telegrafía, planchas con las que los chasquis —aquellos personajes que recorrían a pie nuestra geografía para llevar mensajes— adecentaban los documentos mojados. Y fotos en blanco y negro que registraron la historia mejor que nadie. Porque la imagen queda. Es pura memoria. Permanece. En una de ellas está Aurelio Medrano, con corbata, con traje, posando. —Un antiguo hacendado —señala Martín. Un hacendado que se hizo fotos con sus amigos antes de que lo fusilaran en el patíbulo, bajo un árbol. Un tipo que tenía fama de ser bueno con sus empleados y un auténtico degenerado con las mujeres. Un potentado muy seguro de sí mismo, que pensó quizás que nunca se atreverían a matarlo. Que sonreía antes de que le metieran el último pistoletazo, el final, el que recibió luego de ser velado en vida, con velas y flores, cuando todavía estaba esperando en el calabozo de la policía. Así era Totora antes, hace décadas, antes de la reforma agraria: un lunar en el mapa muy peculiar en el que sus habitantes eran conocidos como los tragabalas. —Donde había muchos pleitos — recalca Martín. Otra historia que terminó mal cuando Totora era otra es la de la “Cruel Martina”. Martina nació producto de una violación y odiaba a los hombres desde muy chica. “Tenía una chichería —recuerda Uyardo—. Y también fue violada”. A su hija le solía decir “la no deseada”; acabó troceándola, cocinándola y dándosela de comer al padre de la niña sin decirle nada. “Y al igual que Aurelio terminó fusilada”. Martín, vestido de manera informal —con camisa pero con una chaqueta deportiva—, camina a pasos lentos. “Ése es un rincón donde parece ser que habita un duende”, explica ante otra fotografía. “En ese otro de ahí cuentan que aparece una señora que le enseña sus pechos a los niños”, comenta acto seguido. Y minutos después se detiene ante un grupo de figuras religiosas, la mayor parte centenarias. —A varias se les rompieron los dedos por el desastre. Algunas familias las abandonaron después del terremoto y se marcharon. Las creían malditas —aclara. CHILE, JAPON, TOTORAAquel día cayó el segundo piso de varias casas. Otras se bambolearon de izquierda a derecha, pero sólo se agrietaron. La plaza principal, de estilo colonial, quedó sin arcos, sin puertas, sin columnas. Se derrumbó casi por completo. Quedó reducida a un montón de piedras y arena. Puro escombros era. Pero algunos se reunieron allí implorando de rodillas para que los temblores terminaran. El terremoto, de 5,5 grados en la escala de Richter, tuvo su epicentro a 24 kilómetros. Y luego vino una réplica de 6,6 que se sintió como un hueso que se encaja en la garganta. Ocurrió cuando casi todos dormían, a las 00:36 de la madrugada. Pocos recuerdan que era viernes. Y muchos coinciden al describirlo como la noche “más oscura y más larga”. —El ruido fue tremendo, como cuando agitas una caja de fósforos. Caímos del piso superior y mi mujer quedó enterrada hasta el cuello —dice Juan Anzaldo. Anzaldo, de 70 años, me atiende en su patio. Está tocado con un sombrero de cowboy y calza zapatos viejos. Sin que yo le diga nada, me muestra enseguida la base desnuda de unas pilastras que ya no están, que desaparecieron. En su balcón, hay una cinta amarilla de peligro que nunca fue retirada tras la tragedia. Y debajo de ella me dice que su esposa fue evacuada tras las sacudidas, que murió hace tres años y que, desde entonces, él suele pasear por las calles semivacías cada mañana. Hoy Totora mantiene muchos de sus rasgos coloniales. Tiene siete puentes de piedra y un río que es sólo un hilo de agua. Tiene casas pintadas de azules y amarillos, de adobes gruesos como de cámara acorazada, puertas de madera de finales del siglo XIX y callejuelas estrechas. Es una población donde las rutinas se repiten: donde los ancianos buscan el sol a primera hora para calentarse; donde más tarde se ven algunos perros echados, despatarrados; y donde se asoman las vacas desde temprano en los sectores más alejados. De vez en cuando, el sonido de un camión rompe el silencio meneando la carga. Y entonces Juan Anzaldo se acuerda del sismo con muchísima tristeza, como cada vez que prende la televisión y ve que Chile se ha venido abajo o que Japón ha sido destruido por olas gigantes.

RON TERREMOTO

Unas horas antes de la conversación con Juan, en una destilería que años atrás fue una caballeriza, Augusto Guzmán hace crujir los huesos maltratados de su espalda. —Vea, vea cómo se escucha. Ponga aquí la oreja —reclama. A Guzmán, de 82 años, no le duelen los huesos por causa del terremoto, sino por una caída cuando trataba de dar de comer a una mascota. Pero en el terremoto perdió una colección de botellas de sus mejores tragos, tragos que fabricaba por herencia familiar; y que le daban sabor a un pueblo pintoresco en el que antaño se anunciaban los fallecimientos atando un perro negro muerto a un árbol de ceibo. En la destilería el ambiente es estanco. Dos calendarios de muchachas en biquini sazonan la pared y unas banquetas bajas parecen haber sido puestas ahí para los invitados. Aquí es donde se hace el ron Terremoto, conocido, según el propio Guzmán, porque “todo el alcohol que tiene es macerado”. Y llamado así en honor a aquellas bebidas únicas que se perdieron en 1998, al líquido derramado. —Acá no mezclamos con ningún otro tipo de alcohol. Esto es cien por cien natural. Apuesto mil bolivianos míos contra veinte de usted a que yo le hago tomar, después dormir y al día siguiente se despierta sin dolor de cabeza —me reta. Y luego me sirve en un vaso ancho de cristal un poco de ron y otro poco de Coca-Cola.La primera probada tiene un regusto a coco y a frutas. Augusto no toma porque está con medicamentos. Pero se le nota muy cómodo en este ambiente en donde comienza el proceso, al lado de grandes bidones donde entran litros y litros. —Esto gusta a todos —dice. Y llena otra vez mi vaso con su fórmula mágica. —Yo en este pueblo he sido de todo —prosigue—. Fui productor. Fui subprefecto y no robé jamás ni un peso. Sólo me faltó ser cura (sonríe). Augusto habla con las manos en los bolsillos y hace pausas. Dice que por la subida del precio del azúcar su producción en estos momentos es escasa, que tuvo que despedir a sus empleados. Dice que Totora antes era señorial, que tenía más de 190 pianos, que aquí era todo dignidad y jerarquía. Y dice que ahora no, que cuando deja la puerta de su casa abierta los borrachos se entran, que se produce coca pero que también se fabrica cocaína, que hay muchos edificios vacíos, que nada es como era antes. Dice todo eso y calla. Pero es como si quisiera decir más. Y de nuevo arranca. —¿Con quién hablar ahora? —se pregunta apesadumbrado, con nostalgia. —Ya no tengo amigos. La gente que quería de mi edad ya se ha ido —añade. Y yo pienso antes de marcharme que el calvario personal de Augusto, más que el terremoto, es que muchos se hayan ido.

PUEBLO VIEJO, PUEBLO NUEVO

Entre Totora y Aiquile, pueblos emparentados por la desgracia de 1998, hay unas dos horas de camino en carro. Y una gran diferencia: Totora es un pueblo viejo y Aiquile es un pueblo nuevo, casi sin una sola casa colonial en pie debido al sismo. Entrar a Aiquile es como darse un baño de modernidad y de progreso, si entendemos por progreso el hecho de ser engullidos por una avenida llena de locales que ofrecen pollos a la broaster y de construcciones de hormigón, ladrillo y calamina. Ésta es una localidad de paso, donde descansan, cargan y descargan mercadería los transportistas que se dirigen a Sucre, Santa Cruz o Cochabamba; de clima seco: hasta crecen cactus en los techos; y dedicada esencialmente a dos rubros: la ganadería, que cobra protagonismo en una feria cada domingo, y la agricultura, con el maíz, el trigo y la papa como productos que más salida tienen. Un punto de encuentro entre los campesinos es el mercado modelo y sus alrededores. Aquí hay de todo: ropa, sombreros típicos y utensilios más mundanos, como tijeras, pilas o los celulares de moda. Hay hasta músicos improvisados, como un pequeño muchacho que toca ahora su charango en su puesto, en medio de pañales, champús, jabones y afeitadoras. Lo hace con maestría. Le sale de dentro. El charango es el instrumento típico de Aiquile. Por eso cada año se hace un festival acá al que acuden los mejores intérpretes, los más capos, los que han aprendido a mover los dedos como centellas. Y quizá por eso el ex alcalde Juan Ferrufino lo primero que quiso salvar después del terremoto fueron los charangos.Ferrufino me recibe en la avenida Bolívar, el mejor lugar para ilustrar la magnitud de lo ocurrido. En esta vía una niña se salvó por estar en un balcón y otros quedaron sepultados por tomar decisiones equivocadas: por meterse bajo la cama o apoyarse en muros que cedieron como fichas de dominó en unos segundos. No fue aquí, sin embargo, donde casi se pierden para siempre los charangos. —Fue a unas pocas cuadras, en la Alcaldía —me sitúa Ferrufino—, que estaba ya en ruinas. Allí teníamos charangos muy bien trabajados, relevantes, y pedimos a los servicios de emergencia que nos ayudaran a rescatarlos. Pero se negaron. Entonces llamamos al maquinista de una pala para que un muchacho llamado Álex bajara hasta donde se hallaban los instrumentos con una pita. Él fue el que revolvió ahí adentro hasta recuperar 26 charangos enteros y otros diez rotos. Y meses después la cantante Zulma Yugar hizo con ellos una expo itinerante. Parte de este patrimonio se conserva ahora en el Museo del Charango, donde hay piezas realmente únicas, premiadas en diferentes festivales, con un sinfín de detalles tallados, como los cuernos de un escarabajo, el mapa de Bolivia o algunas escenas costumbristas. Algunos de los que Ferrufino mandó sacar de entre los escombros lucen como si les hubieran dado un violento mordisco en uno de sus extremos. Pero lo importante es que están aquí, quizá no sanos pero sí a salvo. Al frente del museo, nada más cruzar una vía polvorienta, está el taller de Luis Soto, de 64 años, 40 de los cuales los ha dedicado a construir charangos. Soto es un buen ejemplo de artesano. Sobre todo, porque hace las cosas como se hacían antes: usa barnices naturales, lija a mano la madera de pino, busca las mejores curvaturas para que las notas salgan claras y diáfanas y deja los charangos listos para que músicos como Guery García los hagan despertar al puntear las cuerdas. Mencionar aquí a Guery García no es un capricho, ya que él se ha encargado con sus coplas y sus poemas de que todo lo que ha padecido en Aiquile no vaya a parar en el olvido. Uno de ellos, dedicado al terremoto y titulado “Mi pueblo no ha muerto todavía”, dice así: (…) Nuestros cuerpos empezaron a temblar. Caía todo, como cae el sediento en el desierto, como cae el hambriento en el cemento, como caen las lágrimas de un niño. Y en el fin del mundo, en el fin del mundo creímos estar (…).

LONDRES, PARÍS, BUENOS AIRES

Aquel 22 de mayo de 1998, el día del “fin del mundo”, lo primero en venirse abajo fueron las dos torres de la iglesia, un símbolo, simétricas, macizas, de color amarillo mostaza. Ferrufino, que se animó a entrar valientemente al templo un par de minutos, dice que era como si el diablo estuviera ahí dentro, una pintura apocalíptica, “como si hubieran agarrado toda la estructura a machetazos partiéndola en cuatro. ¡Zas! ¡Zas! Por las rajaduras, hasta se podía ver el cielo raso”. Según el padre Antonio Kadziolka, por el temblor, muchas figuras religiosas se dañaron. “Entre ellas, santos, cristos y la patrona de los aiquileños, la Virgen de la Candelaria. Pero gracias a las donaciones las hemos ido restaurando”, señala. Kadziolka es polaco. Tiene 47 años, la tez rojiza, una copiosa barba y una incipiente barriga que disimula levemente con una camisa. Él dice que las primeras misas tras la debacle tuvieron que hacerse en la plaza 20 de septiembre, que el 2 de febrero de 1999 se bendijo la primera piedra de la nueva catedral y que el 25 de abril de 2004 fue nombrada santuario. Dice también que cuatro campanas antiguas se erigieron después en una estructura de madera, a un costado, como recuerdo. Hoy, eso es casi lo único que queda de aquel ensayo de armagedón que lo arrasó todo en menos de un minuto. Eso y la casa de Gonzalo Camacho Medinaceli. Gonzalo Camacho, un señor alto, tranquilo, de 62 años, de lentes sencillos y de brazos fuertes, perdió a su madre porque parte de la iglesia cayó encima de otra casa que tenía y se entró por el tejado. Fue como si hubieran recibido un misilazo. —En el accidente perdimos también lámparas y todo el alfombrado. Y sólo sobrevivió uno de los jarrones que la adornaban —me dice ahora mientras damos una vuelta por su actual hogar, que milagrosamente quedó intacto tras el sismo. Caminar por él es como volver al pasado. Hay escupideras de cerámica. Hay partes de matrimonio de 1907. Hay arcones. Hay un salón religioso con más de 20 imágenes y un reclinatorio. Y hay fotos en blanco y negro de los hermanos, abuelos y bisabuelos de Camacho, muchos de ellos patrones que dominaron estas tierras. —Mire, mire detrás de los muebles, las etiquetas —le dice Camacho a Juan Gabriel Estellano, el fotógrafo que me acompaña. Las etiquetas dicen Londres, dicen París y Buenos Aires. La mayoría del mobiliario, no cabe duda, es importado. Estar aquí es conocer cómo vivían los hacendados hace 100 años. Y salir es darse un sopapo de realidad. Porque a menos de cuatro cuadras uno se topa con las viviendas donadas por el Gobierno, de apenas 42 metros cuadrados, y con la carceleta, precaria, con un alambre de púas que parece de juguete como entrada. No muy lejos de allí está la tienda que atiende Rosa Lucilda, a quien todos llaman doña Luchita. Lucilda perdió a uno de sus hijos y a su nuera en el terremoto; y se hizo cargo de los cinco huérfanos que ambos dejaron. Hoy tiene 29 nietos y 18 biznietos. Pero todavía llora al mencionar al hijo perdido. Y a menudo, quizás por esa sensación de angustia, se la suele ver en compañía de una Biblia. “Crea en el Señor y estarán a salvo usted y su casa”, me recitó después de que la visitara. La Biblia es el objeto al que ella se aferra.

CUADERNO DE VIAJE

La forma más directa de llegar a Totora son los taxis expreso que salen de la avenida 6 de Agosto de Cochabamba. Porque tardan menos tiempo en hacer el trayecto y porque hay a toda hora, pero también pueden encontrarse autobuses a partir del mediodía. A nosotros nos tocó un chofer kamikaze, pero que al fin y al cabo nos dejó en el pueblo sanos y salvos. Una vez en el lugar, una de las mejores opciones para alojarse es el Hotel Municipal, de tipo colonial y ambientes amplios. De Totora a Aiquile, el trayecto es un poco más corto. Pero no hay tantos autobuses y la mejor opción para partir siguen siendo los taxis expreso. Agarramos uno y nos dimos cuenta pronto de que el paisaje en este tramo cambia: aparecen los cactus, se imponen los colores amarillentos y llaman la atención los árboles que se han convertido en pura rama. En Aiquile no hay mucha opción donde pasar bien la noche. La mayor parte aquí son hostales de paso para camioneros que recorren el país de un extremo a otro. Pero tuvimos suerte y logramos alquilar un cuartito por tres días encima de un snack que atiende una señora que nos cuidó como si fuéramos sus propios hijos.

UNA DE COWBOYS

Todos los domingos hay feria ganadera en un canchón de Aiquile. Y casi de casualidad pudimos presenciar cómo descargaban un camión un día antes. La movilidad llegó a media tarde y los toros que traía se notaban estresados. A uno se le enganchó la cornamenta en una de las maderas del vehículo y lo tuvieron que sacar jalándole de la cola, ya que era el primero e interrumpía el paso al resto. Luego, poco a poco, a veces huyendo de las patadas de sus cuidadores, salieron los demás: uno por uno. Los tipos con pinta de auténticos cowboy que los traían tenían cuerdas y también látigos, pero no los utilizaron. Los guardan, parece ser, para cuando sus animales no se comportan adecuadamente. Los toros estuvieron encerrados unas pocas horas y al día siguiente fueron exhibidos entre los compradores. No había mucha gente del pueblo, pero sí muchos campesinos llegados de las comunidades aledañas. Las vacas se cotizaban a Bs 1.500. Los toros, a Bs 2.000.

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