Tarabuco – Tejedoras de historias

Enviado en Destinos, Ruta de los valles y chaco

Candelaria, en la intimidad

 ¿Cómo vive una pareja de comunarios ajena al bullicio de las grandes ciudades? Santusa Quispe está plenamente dedicada a sus tejidos, que reproducen historias que “nacen del pensamiento”. Damián Flores, su esposo, a las labores del campo. Rutinas, azares y luchas en un pequeño pueblo de la Bolivia profunda.

Por Álex Ayala Ugarte / Fotos: Juan Gabriel Estellano

Santusa Quispe (47 años) se sienta. Habla. Y todos la escuchamos. Todos somos Juan Gabriel Estellano, fotógrafo, Daniel Platt, investigador social, y yo. El padre de Daniel, Tristan, fue hace años padrino de matrimonio de Santusa; y Santusa también le llama a Daniel “padrino”. Por él estamos ahora en Candelaria, municipio de Icla (Chuquisaca), en una habitación con dos catres del segundo piso de una casa bien construida, de la casa de Santusa, que hila una palabra detrás de otra con los ojos cerrados. Lo hace con una pizca de rabia, con algo de dolor y mucho hechizo. Porque tiene un don. Como los contadores de cuentos, te jala con la voz y te posee con su presencia. Te aisla del ruido.

—Grave pues, padrino. Yo hice un tejido muy lindo, pero me lo compraron por solo Bs. 500; y luego lo revendieron a un extranjero por Bs. 3.000. Eso no es justo. Un año estuve trabajando en él. Bonito era, sobre la batalla de Jumbate —dice Santusa.

La batalla de Jumbate —que en quechua quiere decir combate— tuvo lugar el 12 de marzo de 1816 en Huano-Huano, cerca de Tarabuco, y fue, según las crónicas, una lucha épica. Por aquel entonces, los yamparáes, armados únicamente con hondas, palos y piedras, fueron capaces de derrotar a los soldados del ejército realista, a quienes les abrieron el pecho, a quienes les arrancaron después el corazón mientras aún latía como venganza: los españoles habían violado antes a sus madres, a sus esposas y a sus hijas.

—Toda esa historia yo la veía aquí, en mi cabeza —sigue hablando Santusa—, hasta el corazón latiendo de los españoles, padrino. Pero se la llevaron y no tengo ni una fotografía del tejido. Lloré y lloré muchísimas noches, hasta que mis ojos no podían ver. Y ahora no sé cómo hacer para recuperar lo que hice. Me he arrepentido tanto, padrino, de haberlo vendido así. Por eso dejé de tejer durante meses. Sólo me salían las lágrimas.

Santusa se apoya en un par de cojines que se asientan en un sofá de madera de una sola plaza. Ha cerrado los ojos de nuevo y está encogida, como si su espalda se hubiera convertido en un sólido caparazón gigante. La ropa que cubre su espinazo es completamente negra. También, ancestral: el traje típico de Candelaria, una especie de túnica con las mangas hasta poco más allá de los codos que se aferra al cuerpo por la parte del tronco gracias a un cinturón ancho decorado con símbolos extraños y colores.

Ya es de noche y Santusa sale del cuarto en silencio. Se mueve con sigilo, como una gata. Este cuarto lo ocupaban antes sus hijos: Edgar, Carlos y Daniel. Por eso tiene detalles muy significativos, como cuadernos escolares y algún dibujo. Ahora los tres estudian afuera. Santusa ha vuelto a tejer sólo por ellos: para poder mandarles plata.

 De hacienda a pueblo

 Hasta la reforma agraria del 52, Candelaria fue oficialmente una hacienda. En el siglo XVII se llamaba Huamampampa. Sus dominios abarcaban lo que hoy es el territorio de varias comunidades: Paredón, Pila Torre, Molle Mayu, Jula-Jula y Qulllpa Pampa, entre otras. Los campesinos servían entonces a los patrones. Eran obligados a pagar diezmo. Y fueron  perjudicados por varios gobiernos. Sobre todo, por el de Mariano Melgarejo.

En 1866, Melgarejo decretó la venta indiscriminada de los territorios indígenas de aquellos ayllus que no tenían títulos legales de propiedad o capacidad suficiente para pagar por ellos. En 1868, transfirió buena parte de esos terrenos al Estado. Y a pesar de que en 1871 el presidente Agustín Morales anuló la mayor parte de sus decisiones, Tomás Frías volvió a la carga en 1874 al no reconocer la propiedad comunal de la tierra. El resultado: se crearon más haciendas y los ayllus vieron cómo disminuía su influencia.

A finales del siglo XX, Candelaria Argandoña compró Huamampampa por 45.000 bolivianos y le cambió de nombre: la hacienda pasó a denominarse La Candelaria; y luego quedó en manos de Néstor Rojas, que se concentró en multiplicar la producción de cebada, ya que era accionista de una importante empresa de cerveza que tenía su sede en Sucre.

Para tener mayor control sobre sus peones, Rojas abolió las fiestas, rompió los santos que los campesinos veneraban y cambió el tipo de obligaciones que tenían los que se hallaban bajo su cobijo: eliminó los pagos en producto y decretó los pagos con trabajo, lo que generó la aparición de cuatro figuras clave para el funcionamiento de la hacienda. Por un lado, estaban los arrenderos, que tenían pequeñas parcelas que podían trajinar a cambio de ocuparse de los cultivos del patrón, del transporte del producto cosechado a las ciudades y de mantener en buenas condiciones los caminos. Por otro, los arrimantes, que dependían del arrendero y servían a Rojas indirectamente. También estaban los vivientes, que no disfrutaban de suelo cultivable y vivían en el hogar de algún arrendero por el simple hecho de haberse casado con alguna de sus hijas. Y por último, los yerbateros, responsables de las piezas de ganado y de mantener los pastos.

Esta forma de organización comenzó a resquebrajarse en 1924, cuando Rojas castigó con dureza a dos jornaleros tras una plaga de langostas y se produjeron algunos amagos de rebelión, pero muy tímidos. Y nada cambiaría sustancialmente hasta 1952.

En el 52, la reforma agraria abolió el coloniato en las haciendas, así como los servicios de carácter gratuito para el patrón. Además, decretó que a partir de entonces las tierras pertenecerían a aquellos que las trabajaran. Y en 1953 surgieron los primeros sindicatos.

Los ancianos de Candelaria —a quienes se les conoce como “los antiguos”— recuerdan que aquella fue una época dura en la que los dirigentes sindicales actuaban a escondidas por miedo a las represalias de Rojas. Pero el peso de ley no tardó en caerle encima al hacendado, que tuvo que renunciar a la mayor parte de las héctareas de La Candelaria. Y entonces surgió Candelaria como pueblo, un pueblo de construcciones robustas y clima seco; y entonces las mujeres comenzaron a organizarse en torno a la elaboración de textiles; y entonces la historia empezó a contarse a través de los hilos.

Tejedora de sueños

 En Candelaria amanece a las seis de la mañana. Hoy es sábado y desde muy temprano son comunes las idas y venidas en casa de Santusa. Ella acaba de bañarse y está sin trenzas, haciendo secar su pelo oscuro al aire. Su madre, arrugada y un poco encorvada, luce una montera tradicional —casco de cuero con influencia de morrión español— y muele algo con un batán casero que no es otra cosa que una enorme piedra. No habla castellano y apenas me saluda en quechua. Ella fue la que le enseñó a Santusa los secretos de los textiles a los ocho años, a contar lo que ocurre en la comunidad usando sólo las manos.

Uno de los tejidos que Santusa ha terminado narra la ceremonia del matrimonio. Lo sujeta ahora Damián Flores (48 años), su esposo, que viste ropajes hechos por él mismo: un pantalón blanco y ligero que llega hasta las rodillas, una especie de polera negra y abarcas. Damián está ensimismado con el tejido. Lo observa. Lo acaricia.

—Aquí —me muestra—, están los padrinos. Aquí cortan la leña. Acá la llevan. Acá preparan comida. Acá, pan en un horno. Acá van los contrayentes a la iglesia. Aquí hay un charanguista preparado con su instrumento. Acá todos bailan. Aquí están los invitados sentados frente a tinajas con chicha. Y aquí acaba ya todo, con la gran fiesta.

El nuevo diseño de Santusa es para una funda de laptop y relata el proceso de la cosecha. Lo tiene todavía a medias. Le dedica a veces varias horas al día. Y en estos momentos se ocupa precisamente de él en el telar de un ambiente azulado que sirve de comedor y de sala de visitas, en un gran telar que nace del suelo y se apoya en el techo.

Santusa me explica que todo nace del pensamiento; que a veces refleja cosas que le contaron sus abuelos; que otras veces, lo que ve en los sueños, porque “también se piensa durmiendo”; que es un proceso moroso; que sólo en preparar la lana, en estirarla, tarda más de dos meses; que son más de 40 tejedoras en Candelaria; que ella enseñó a muchas. Y dice también que es una pena que el interés no sea el mismo que había antes.

—Ahora se copia mucho —lamenta—. En Sucre, había un museo que se cerró en el que se exponían algunos de mis tapices. Esos tapices los fotografiaron y esas fotos son las que usan como muestra algunas tejedoras de Candelaria. Y a mí no me parece. Hacer reproducciones no tiene tanto sentido. Un buen tejido debe de nacer del corazón.

Cuando teje, Santusa se sienta en una pequeña alfombra de lana de oveja. Una radio suele hacerle compañía. La música llega ahora de una emisora regional y ella cruza las piernas en posición de loto y se aisla: apenas responde a lo que le preguntan.

—Tejiendo se le debe de cansar mucho la vista, ¿no ve? —le digo.

—Ajá —contesta.

—¿Y emplea tintes naturales?

—Ajá. Sí, a veces.

—¿Y hay mucha competencia?

—Ajá. Hay. Grave es.

Sus palabras son escasas porque prefiere estar sola cuando trabaja. Porque para lograr un buen tejido debe concentrarse en cruzar adecuadamente los hilos. Porque el secreto está en contar una y otra vez miles de ellos. Porque si no, no sale bien la trama.

Cuando termina por hoy, Santusa se desprende de su burbuja y se sumerge en una realidad más amarga. Me dice que se le rompe el alma cuando alguno de sus hijos llama para contarle que no le alcanza para el gas o para comida; que uno de ellos tiene chagas; que hay otro en Monteagudo que está acabando Medicina; que todos necesitan mucho apoyo. Y mucho apoyo significa por lo menos 100 dólares al mes para cada uno.

—Es difícil ser mamá, ¿verdad? —me dice.

—Ajá —le digo.

Ahora soy yo el que no atina a dar una respuesta.

 Un día normal

La tarde la paso con Damián. Damián es flaco, flaquísimo, de ojos rasgados. Su rostro es huesudo y está tostado por el sol, por lo que sus facciones no se definen demasiado. En sus brazos se marcan algunas venas. Y sus pies apenas se aprecian porque una fina capa de polvo y tierra se adueñó de ellos y hace las veces de una segunda piel encima.

Un día normal comienza para Damián a las cuatro o cinco de la mañana, cuando saca a los chanchos entre penumbras. Luego come algo y, a menudo, va a la huerta, que es justo donde a la mañana lo vi regando a escondidas, de cuclillas, con una manguerita. Se ocultaba porque aquí escasea el agua y los campesinos tienen prohibido irrigar sus parcelitas fuera de horario, es decir, a casi toda hora y casi todos los días de la semana.

Después de almuerzo, Damián vuelve a sus terrenos. Pero no siempre. Cuando hay trabajos comunitarios pendientes, debe acudir al llamado y sacrificarse al sol media jornada. Y cuando la tierra que tiene no da lo suficiente, partir durante dos o tres meses.

—A veces, a Sucre o a Potosí, donde me suelen contratar como asistente de albañil o como cosechador; otras, a La Paz, para vender los tejidos de Santusa —aclara.

Pero ahora, más bien no, lo que es buena señal. Y la única emergencia es hallar leña para alimentar la cocina. Con ese afán, seguimos el curso de un río sin agua por el que Damián se pasea como vizcacha. Y en poco tiempo llegamos a un puente de piedra.

—Debe de ser de los incas —me comenta. Y a continuación dice exactamente lo mismo de una canalización artificial que desemboca en las ruinas de un molino.

Damián está feliz. Caminar es su estado natural y, por momentos, parece que se ha olvidado de la leña. Pero no es así. Porque no tarda en detenerse frente a un arbolito esquelético, pura rama, que crece bajo una pared vertical que regala sombra. Una vez al frente de él, arranca los pedazos que puede, los amarra con un lazo de cuero y los alza.

—Con suerte, alcanzará para una semana —me indica.

—Garrafas a Candelaria no traen —añade—. Hay que ir por ellas a Tarabuco. Allí es caro y, como no siempre tenemos para gas, intentamos arreglarnos con la leña.

Antes de la cena, Damián se arranca con una pinza varios pelos —muy pocos— de su cara lampiña. Lo hace con la ayuda de un trozo de espejo roto y con mucha calma. Y a la noche, buena parte de la conversación gira en torno al viento. En quechua, wayra.

—Aquí en Candelaria dicen que el viento enferma —señala Santusa. El que crea remolinos y levanta arena, el mal viento, el que hace dar ese rato dolor de cabeza.

—Y para recuperarse con curandero hay que ir —interrumpe Damián.

Luego, ambos recuerdan anécdotas de dos viajes subvencionados que hicieron a Estados Unidos. Dicen que pasaron por Miami, Chicago, Dallas, Albuquerque y Santa Fe; que en Nuevo México participaron del International Folk Art Market, un festival al que acuden artesanos de más de 100 países y en el que los tejidos de Santusa se vendieron como pan caliente; que aprendieron técnicas y estilos de los indios navajo.

 Rumbo a Tarabuco

 Domingo. Los domingos el movimiento en Candelaria se intensifica, porque son varios los que van con su mercadería a la feria de Tarabuco. Son las siete menos cinco de la mañana y Damián ya ha alistado un aguayo con los tejidos de Santusa y con algunos otros de amigos y familiares. Un camión nos está esperando. Los camiones, en Bolivia, son el principal medio de transporte para la gente de bajos recursos. No son cómodos, pero sí sumamente prácticos. Y hacen del simple hecho de viajar un acto comunitario.

El trayecto a Tarabuco no demora más de hora y media. El camión para en todas las comunidades del camino y no tarda en llenarse de gangochos y personas. Su puerta se abre y se cierra hasta que no cabe ni un solo alfiler, hasta que llegamos a ser más de 40, hasta que no hay cómo moverse. Y mientras el paisaje pasa como en cinemascope.

Tarabuco es un pueblo lleno de avenidas empedradas que de lunes a viernes luce semi vacío y que los domingos se engalana para los gringos: en la plaza se ofrecen desayunos americanos y en las vías colindantes, espectáculos privados de pujllay —baile que conmemora la victoria en la batalla de Jumbate—. Unos días antes, tres tarabuqueños fumatéricos que parecían los hermanos Marx posaban en Sucre pidiendo plata a cambio de una fotografía. Y ahora acá hombres y mujeres parecidos también acechan a los visitantes; y viceversa, porque los turistas, con sus cámaras de grandes lentes colgadas al cuello, andan como de safari, a la caza de alguna imagen pintoresca.

Damián se lo toma con más tranquilidad y arma su puestito con mimo en el suelo de una calle estrecha. Ofrece todo tipo de textiles: chalinas, fundas para celulares, cinturones, marcadores de libros, guantes, monederos, ponchos, individuales de mesa, tapices coloridos y modernos que hablan del Carnaval o la cosecha y otros más tradicionales y apagados con motivos geométricos que hoy son considerados una rareza. Y, cada vez que se detiene un gringo, suelta una sonrisa de adolescente ansioso antes de animarle a adquirir algún tejido con denominación de origen: un Candelaria.

  • Gringuita, comprame —le dice a una rubia que mira mercadería.
  • ¿De dónde eres?
  •  De Bélgica —le contesta ella tímida.
  • Consulte nomás, sin compromiso. Para Bélgica llevate alguito —dice Damián.

Pero nada se lleva.

Después de la visita a Betanzos hicimos una parada técnica en Sucre: para escribir, ordenar el material fotográfico y planificar la llegada a nuestro siguiente destino. El plan parecía ideal, sobre todo porque entre letra y letra y entre foto y foto pensábamos también descansar un poco. Pero los festejos en honor a la Virgen de Guadalupe se cruzaron en nuestro camino transformando la ciudad en una fiesta interminable. Y eso significaba varias cosas: tener que caminar esquivando borrachos y aguantar todos los días los petardos de las comparsas hasta más allá de media noche, petardos que a ratos parecían bombas, ya que hacían temblar las ventanas del hostal donde nos alojábamos. Visto el panorama, tomamos una decisión muy sabia: escapar de allí antes del fin de semana. Pero no había manera de llegar hasta Candelaria, una comunidad donde nos habían dicho que había una intensa actividad de mujeres textileras que venden sus trabajos en la feria dominical de Tarabuco. Hasta el momento habíamos viajado por el país en flotas, taxis expreso, trufis. Y esta vez recurrimos a un medio de transporte muy particular: un minibús expreso que nos dejó en nuestro destino en menos de tres horas.
Tarabuco es una ciudad marcada por la soledad. En la que los alojamientos, por lo general, lucen vacíos. Según datos de la oficina de turismo, sólo el uno por ciento de los visitantes se queda a pernoctar en la conocida población chuquisaqueña. El resto, llega los domingos para la feria con un guía, se queda cuatro horas y, a continuación, escapa. Justiniano Cuiza regenta un hostal en la calle Potosí de Tarabuco y lamenta que la afluencia de clientes sea mínima mientras me muestra las maravillas del pueblo desde la terraza de su residencial. “Como usted ve, la mayoría de las casas son antiguas”, me dice. “Mire a ese patio de allá —añade—. En él están los restos del primer carro que pasó por esta zona”. “Y por allá queda el mercado, donde aún está vigente el trueque”. Según las crónicas de la Colonia, Tarabuco llamó la atención a los españoles desde el primer momento. Por eso se realizó aquí un esfuerzo extra por evangelizar a los indígenas; y hoy éste es uno de los pocos lugares de Bolivia donde las misas se celebran netamente en quechua. Pero más que por este hecho anecdótico, los tarabuqueños destacan porque todavía mantienen cierto influjo sobre los extranjeros, por un no sé qué especial —sex-appeal quizás— que hace que las gringas se sientan atraídas por ellos. Justiniano tiene una historia muy particular al respecto. “Hace algún tiempo —relata—, una alemana vino para dejarse embarazar por algún muchacho campesino. Era hija de un científico y parece ser que buscaba descendencia acá porque consideraba que en la región todo es natural y puro, que los originarios son portadores de unos genes que no se hallan en cualquier sitio. Solía ir a las chicherías a tomar trago en latitas de Nestlé con los comunarios; y al final quedó preñada y se marchó con su hijo para Alemania”.

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