Entre copas
Los personajes del Valle de Concepción son singulares. Willer Flores dice que los fósiles son el secreto para que el vino acá tenga un sabor único. Jesús Romero, que en su hospedería beben más que el Papa y toda su curia. Y Leonardo Gallardo, abstemio vocacional, asegura que tomar es pecado. Ascenso al cielo y descenso a los infiernos en el paraíso de la uva.
Antes, don Mario Lema (52 años) tenía una vida entera. Era cantante. Paraba en los escenarios. Interpretaba temas chapacos. Le gustaban los aplausos y se sentía querido. Pero desde hace tiempo sólo tiene media: le hicieron cuatro operaciones para extirparle un tumor en la cabeza y se le quedó la mitad del cuerpo paralizado. Por eso se mueve con torpeza, ayudado por un bastón metálico de tres patas. Por eso tiene un brazo pegado al cuerpo y una de sus manos siempre colgando. Por eso parece una marioneta que estuviera manejando alguien con hilos desde las alturas.
Pero todo eso no lo sabría hasta unos minutos antes de abandonar el Valle de Concepción, a 40 minutos en trufi de Tarija capital. Ahora acabo de llegar y estoy en la plaza, una plaza muy diferente a las plazas de otros pueblos: con un curioso sofá de piedra y una barrica de madera en una esquina. Aunque también, muy parecida a tantas otras plazas: con sus palmeras gigantes y con uno de los héroes de la independencia de Bolivia, Francisco Pérez de Uriondo, inmortalizado a lomos de un corcel en una estatua: tan quieto, tan altivo, tan estatua en definitiva.
Lo más habitual para los tarijeños —quizá porque la búsqueda de identidad consiste sobre todo en descubrir a quién se parece uno— es equiparar este lugar con el sur de España. Pero esto no es Andalucía. Es más desolado, menos ruidoso, más simple. Es una maqueta demasiado en miniatura como para decirle Andalucía.
Las casas, eso sí, son muy tradicionales: blancas, de una planta la mayoría, con bordes de piedra, madera antigua y techos de teja. Algunas esconden tras sus patios traseros vides familiares. Otras abren sus pesadas puertas y se convierten en negocios de abarrote bien surtidos. Y la mayor parte hace las veces de vivienda.
El resto del paisaje es rutinario. A lo lejos, viñas, lomas, más viñas, ríos, algunos riscos. En primer plano, ventanas enrejadas, perros, un par de niños, calles largas y vacías, taxis, suelos limpios y carteles con anuncios: “sodas”, “hay semillas”, “se vende pollo”, “almuerzo”, “pan”, “comedor del adulto mayor”, “vino”.
Casi todos dicen “vino”.
Escena uno: el “Profe”
Willer Flores (63 años), el “Profe”, es oriundo de Llallagua. Hace más de tres años arribó a este pueblo de nombre irrepetible —el original es Valle de Nuestra Señora de la Purísima Concepción— y se hizo cargo de las prospecciones paleontológicas y arqueológicas de la zona. A 15 kilómetros de aquí, en Rujero, hay una quebrada con formaciones imposibles, de tierra blanca y agrietada, llena de fósiles. Los más jóvenes, de hace 21.000 años. Los más longevos, con más de 20 millones de años.
Todo el valle, según Flores, era antes una gran laguna rodeada de enormes bosques. “Pero hace tres millones de años —ilustra— se abrieron los cañones de San Luis, Ancón Grande, Ancón Chico y La Angostura, el agua se precipitó, cambió el clima de la región y los animales que pesaban más de 50 kilos se extinguieron”.
Primer hallazgo: acá todo comenzó cuando todo lo demás murió. O casi.
Hoy hay restos de mastodontes, de osos perezosos, de tigres con dientes de sable y de caparazones de gliptodonte. Son dientes, son vértebras perfectas, son incisivos y otros vestigios que Willer está recolectando para equipar un repositorio de un solo ambiente que emplea también para limpiar minuciosamente las piezas.
—Yo aprendí de las revistas y los libros. Soy completamente autodidacta. Pero soy bueno en mi trabajo y sé lo que hago —me dice.
Cuenta además que vino con ropa para una semana y se fue quedando. Y que sigue con la misma ropa —botas, camisas, pantalones, un chaleco verde, un sombrero de paja. Se aloja en un hospedaje que produce vino artesanal llamado Valle D’Vino. Y tiene una curiosa teoría en torno al suelo en el que crecen las vides:
—En mis caminatas he observado que los fósiles se atomizan poco a poco y se fragmentan hasta volverse polvo. Y ese polvo, rico en sales y minerales, una vez que remueven el terreno para plantar viñedos, alimenta las parras. Por eso los vinos acá tienen ese sabor tan exquisito, distinto al de cualquier parte del planeta.
Segundo hallazgo: cuando los fósiles desaparecen nace el nuevo vino.
Escena dos: la vid verdadera
Extraño: en una de las tienditas que da a la plaza hay empanadas, gaseosas y zumo de uva, pero no hay vino, ni una botella. Resulta comprensible, sin embargo, cuando la dueña, Elva Anajia, se presenta y me comenta que es la esposa del pastor. Entre ambos manejan el templo evangélico de Las Asambleas de Dios, que tiene su sede justo al lado. Y lo hacen bajo un lema sumamente revelador: “la vid verdadera”.
El pensamiento es una estructura muy compleja, que a menudo se viene abajo, y yo estaba convencido antes de llegar de que hallar gente que no pruebe ni un vaso de vino en un pueblo que vive de él sería una quimera. Pero aquí la hay; y se reúne casi todos los jueves durante una hora, alrededor de las ocho de la noche.
Hoy es precisamente jueves y el pastor, Leonardo Gallardo (63 años), militar retirado, acaba de iniciar una oración junto a su esposa y tres mujeres concentradas que apenas hacen bulto en un salón mal iluminado en el que el único mobiliario son diez bancas, un púlpito recubierto con una tela blanca y una batería y un órgano modernos que no suenan porque no hay nadie que los interprete.
Leonardo es enfático en sus palabras: solemne a ratos, imperativo a veces. Marca las eses al leer y sujeta una Biblia muy usada con las páginas subrayadas.
Habla de cómo hay que transmitir el mensaje de Jesús, de cómo liberar a los cautivos del vicio, de cómo muchos rechazan a Cristo; y una de las señoras de más edad, con dos trenzas canosas que bajan hasta la cintura, se anima a interrumpirle.
—Pobrecito —dice.
Leonardo levanta entonces su dedo índice y le enfrenta.
—¡No, pobrecito no!, porque el Señor es Dios.
—¡Gloria a Dios! —exclama su mujer a continuación con las manos en alto.
Un rato más tarde, acaba la prédica y Leonardo me hace pasar amablemente a su pequeño negocio, un ambiente frío y desangelado, amoblado únicamente con unos anaqueles y unas mesitas de plástico amarillas.
—Con esto es con lo que mantenemos nuestra Iglesia —señala.
—Yo recibí la llamada de Dios en Santa Cruz y por allá andaba pastoreando hasta que sentí la necesidad de continuar aquí la obra, en el pueblo donde había nacido. Cuando llegué, la congregación estaba en cero y me dediqué a evangelizar casa por casa. Ha sido duro: es cierto eso de que nadie es profeta en su tierra.
Leonardo cuenta después que el zumo de uva que comercializa es el mismo que utiliza en la celebración de la Santa Cena. Es decir, un sustitutivo del vino.
—Muy exitoso además: se vende como pan caliente en los otros templos que tenemos repartidos por todo el departamento —dice orgulloso acto seguido.
Extraños, pienso entonces yo, los caminos para cumplirle a Dios sin caer en el pecado.
Escena tres: Jesús y sus discípulos
Jesús Romero, el creador de Valle D’Vino, suele presumir de que en su hospedería se bebe más vino que en el Vaticano. “En el Vaticano —calcula—, si tenemos en cuenta al Papa y toda su curia, se consumen 62 litros por persona al año. Nosotros aquí tomamos 72 litros por persona. Por eso cuando estoy con gente muchos del pueblo lo toman a risa. Miren, ahí está otra vez Jesús con sus discípulos, bromean”.
Romero (59 años), un tipo orondo, de pelo blanco, una perilla de dos picos y pinta de diablillo, compró la hacienda que hoy es el Valle D’Vino en 2001 gracias al voto de sus vecinos, con las dietas que recibió cuando era diputado unos años antes. Y la convirtió en una bodega ecológica en la que la producción se envasa en vidrio y no se guarda. Porque la premisa aquí es que no debe quedar una sola gota.
—Vivir del recuerdo es complicado. Por eso acá se obtiene una buena cosecha, se disfruta y se sigue —aclara Jesús, que acaba de sentarse a mi lado.
Para él son tres las condiciones para la preparación de un buen vino: que haya un aventurero que produzca uva, que haya un poeta que lo elabore y que haya un enamorado que lo beba. Siempre, sin perder el buen humor en el proceso.
—Porque en la vida —dice— lo importante es saber reírse de uno mismo.
Jesús ha bautizado uno de los baños de su hostal como El Angosto porque con sus 120 kilos le es imposible entrar de frente; a las torres de la iglesia les llama “las Torres Gemelas”; al más tentador de sus elixires, “El Infiernillo”; y a un ritual de su invención: “el destape de la Dama Juana o la degustación de vino por metros”.
Una hora después de nuestra conversación, Jesús vuelve con una damajuana de cinco litros encajada en un soporte de madera para hacer una demostración de lo que es esta ceremonia; y pide un voluntario entre los presentes para iniciar una especie de prédica cuya última finalidad es que uno se encariñe con el trago.
El único valiente en dar un paso al frente se llama Daniel. Y Jesús recita:
—Daniel, hoy homenajeamos al vino porque es bien especial. Porque es único en el mundo. Existe, según los entendidos, desde el 6.000 antes de Cristo. Y ha sido considerado en muchas culturas como bebida divina: los sumerios, tenían a la diosa Gestín, que significa “Madre Parra”. Los egipcios a Osiris. Los griegos a Dionisos. Los romanos a Baco. Y nosotros a Cristo. Cristo es el dios de nuestro vino.
—A ver, Daniel, ponga la mano del corazón en la damajuana —ordena después. Y Daniel se salta el libreto y pone la mano la derecha en vez de la izquierda.
—¡Qué bueno que nuestro amigo no sea médico! —ríe Jesús con ganas al verlo. Y a continuación se dirige otra vez con gesto marcial al resto de los contertulios sujetando una caña alargada que está pegada a una manguerita de dos metros.
—Lo que tengo al frente suyo es el vinómetro, que mide la cantidad de vino de primera calidad que Daniel degustará en unos minutos. Ahora, querido Daniel, pida tres deseos, meta la caña en la damajuana, agarre la manguerita y chupe.
Daniel toma los dos metros de un suspiro.
—Se acaba usted de beber media botella de vino —dice Jesús.
Y luego vuelve a poner la manguerita en la damajuana, pero en esta ocasión para echar el trago en una copa. La copa se llena hasta poco más de la mitad. Esa es la cantidad exacta que tomó Daniel. Todo ha sido una gran broma chapaca.
—Al vino no hay que tenerle miedo —explica Jesús—. Hay que aprender a dominarlo. Yo, cuando tomo solo, le reto. Le miro feo. Le enfrento. Voy a charlar contigo, le digo. ¿Y tú quién eres?, le pregunto. Yo soy vino, me contesta. ¿Y quién es tu padre? El Señor, me dice. ¿Y tu madre? La uva, aclara. Muéstrame entonces tus documentos, le pido. No tengo, me dice. Entonces para dentro, carajo, le digo.
Escena cuatro: bodegas y boutiques
Victoria Quiroga de Lazcano, Doña Vita (55 años), dice que atender una bodega y un restaurante al mismo tiempo es como tener dos maridos. Estoy con ella en su bodega artesanal, es la hora del almuerzo y le faltan manos para hacerse cargo de todo. Quizá por eso habla a trompicones, como si fuera una locomotora. Quizá por eso me deja claro que no tiene mucho tiempo. El chancho a la cruz, un plato típico del Valle de Concepción, ya tiene que salir de la cocina. Y el estómago no espera.
Doña Vita cuenta que lleva más de 30 años dedicada a la transformación de la uva en vino patero; que empezó vendiendo humildemente en una esquina del mercado campesino de Tarija, en botellas desnudas; y que, como le iba bien, como cada vez recibía más pedidos, acondicionó una antigua construcción con más de 400 años como almacén sin intuir en lo que después se convertiría: la Casa Vieja.
La Casa Vieja es hoy un punto obligado de encuentro y heredera de los que trajeron las vides a la región en el año 1600: los jesuitas. Aunque los sistemas de producción hayan cambiado —ahora ya no se plantan árboles molle para que se enreden las parras en ellos—, lo que se busca aquí es prácticamente lo mismo: el sabor tradicional, sabor que luego Doña Vita etiqueta con picaresca. A su vino más popular le dice “Cholero”, en honor a los hombres que se rodean de mujeres cuando toman; y a otro de ellos, “Mellicero”, para homenajear a los que tienen los hijos a pares por estos lares. Pero también vende mermelada de membrillo y unas uvas maceradas en singani que tienen fama de traicioneras. “Tres o cuatro de éstas te tiran”, indica. Y debe de ser cierto. Porque las anécdotas más repetidas son las de aquellos que olvidaron plata o perdieron sus vuelos después de emborracharse.
Casa Vieja, además, ha participado en un sinfín de festivales nacionales de quesos y de vinos; y forma parte de la “Ruta de Vinos y Singanis de Altura”, un reciente emprendimiento turístico al que se han unido ya varias bodegas. Entre ellas, Doña Chela, La Bodega del Abuelo, Vilte, La Heredad de Jacob o Las Duelas.
Esta última queda en la comunidad de Calamuchita, a cinco minutos en taxi del pueblo, y es más concretamente una boutique. Es decir, un espacio acogedor y bien decorado en el que varios productores ofertan sus bebidas más exquisitas.
La promotora que las muestra es Mabel León (21 años), quien ofrece tintos secos y dulces y blancos hechos con la mejor uva moscatel de Alejandría. Amén de deleitar a la clientela con coplas tradicionales —aquí se corteja a la pareja cantando— o leyendas, como la de una sirena a la que los campesinos le dejan un instrumento de percusión en medio del camino para que lo llene con sus tonadas.
Escena cinco: tanques y alambiques
Hasta la revolución del 52 y la reforma agraria, once hacendados de Villa de Concepción dominaban el pueblo y se repartían los terrenos de cultivo de los alrededores. Por aquel entonces había más maíz y trigo, y los viñedos, escasos, eran sobre todo particulares. No crecían como ahora, tan paralelos, tan en fila, tan iguales, llenando surcos, conformando un escenario anodino en invierno y colorido cuando brota el fruto. Pero todo eso cambió en el 78, cuando las familias Prudencio y Pinedo se asociaron para levantar una bodega moderna, La Concepción, que hoy tiene más de 80 hectáreas de uva y 20 variedades de Francia y los Estados Unidos.
Entrar a sus dominios es como visitar las entrañas de una bestia, porque todo es grande: las moledoras, los lagares industriales, los tanques que controlan la acidez y la temperatura, los de estabilización, las bombas, las barricas de roble francés que añejan el vino incorporándole un gusto característico —a chocolate, a vainilla o a frutos ahumados—, los alambiques de cobre para preparar el singani.
Tanta maquinaria, según Johnny Salguero, jefe de bodega, es imprescindible para mantener la calidad de los miles y miles de litros que salen al mercado. Pero también, las pruebas de laboratorio y las catas, a cargo aquí de Sergio Prudencio.
—La cata es fundamental porque en ellas empleamos nuestros sentidos —explica Johnny—. Con la vista lo que tú aprecias es el color y la brillantez; con el olfato, después de darle superficie a la bebida, distingues los aromas; y con el gusto reproduces lo que has encontrado con el olfato y diferencias los vinos largos de los cortos. Los largos son los que mantienen sus efectos en el paladar durante un rato.
Los principales viñedos de La Concepción se hallan a 1.700 metros de altura en un enclave que perteneció primero a Luis Fuentes y Vargas, fundador de la Villa de San Bernardo de la Frontera de Tarixa, luego a Juan José Fernández Campero y Herrera (Marques de Tojo) y después a los jesuitas. Y la empresa todavía conserva en su hacienda La Compañía plantas de vid con más de 200 años.
Escena seis: el “Príncipe del Humor”
Mario Lema pasa los días detrás de una casa en construcción, en un cuarto de dimensiones reducidas con una cama, un armario, un poco de ropa, un escritorio y algunas cajas de cartón. Y literalmente los pasa ahí. Porque apenas sale. Hasta hace diez años era un habitual de los corrillos de amigotes en los que las bromas iban y venían en torno a un vino. Por aquel entonces interpretaba temas folklóricos en peñas y boliches. Pero desde que le atacó un tumor en la cabeza nada es lo mismo: hoy camina a duras penas y abandona su refugio únicamente cuando le hace falta o por curiosidad, como ahora mismo, ya que quiso dar algunos pasos para recibirme.
—Yo me llamo Mario. Soy escritor —me dice.
Y luego me conduce a su dormitorio.
—Va a disculpar el desorden.
Allí se sienta en el borde del catre y me comenta que debido a su enfermedad se deprimió mucho. Que su mujer también está mal. Que a ella le dio un derrame cerebral. Que los medicamento son caros. Que ella toma cuatro pastillas al día. Que cada una cuesta Bs. 8. También me dice que es autor de ocho novelas y dibujante. Y después le pide a su hijo que me alcance un cómic suyo sobre Melgarejo, seguramente el presidente más tirano que ha tenido Bolivia.
—Pero ahora me dedico a los chistes. Soy el “Príncipe del Humor” —señala.
Resulta paradójico que alguien para quien los últimos años han resultado lo más parecido a un mal chiste, se dedique ahora a hacer reír a otros. Pero así es. Y Lema ya ha participado en festivales con bastante público: 3.000, 6.000, 8.000 personas.
Don Mario habla pausado, masticando las palabras. Tiene el pelo revuelto. Y una calva con varias cicatrices que son un resumen de su sufrimiento más reciente.
—Pero, así como me ve, yo sigo persiguiendo chicas jóvenes —se ríe.
Después recupera el tono monocorde y le dice a su hijo que le alcance un CD con sus chistes. La tapa es una caricatura suya agarrado a su bastón de tres patas.
—Cada vez que tengo una ocurrencia me levanto y la apunto, porque las musas me visitan de vez en cuando —dice—. Después la grabo y cuando puedo me voy a Tarija con mis CDs y mis libros y los vendo por la calle. Con eso voy zafando. Porque no tengo otra forma de sustento.
El dinero para pagar el internamiento de su mujer lo consiguió gracias a la solidaridad de todo el pueblo. Y, sobre todo, a las vendedoras del mercado, que destinaron la ganancia de un día de trabajo para cancelar los gastos hospitalarios.
—Aquí la gente es buena —sostiene finalmente Mario.
Y cuando nos despedimos no puedo dejar de pensar en su historia de vida. Su historia ha sido el vino más amargo de estos días.









