Urubichá – Tierra guaraya

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TIERRA GUARAYA, Urubichá tiene prestigio internacional por la calidad de sus músicos y de su artesanía.

La música ha transfor­mado a Urubichá. Un centro de formación or­questal ejerce un rol protagónico en la vida de esta localidad encla­vada en el milenario te­rritorio de los guarayos.

Pastor Anori trabaja con el torso desnudo, tiene todo el cuerpo mojado por el sudor, pero no puede de­tenerse, debe terminar su tarea.

Está cosechando plátanos en su chaco, un pequeño campo de culti­vo en las afueras del pueblo. Con un certero golpe del machete desprende los grandes y pesados racimos y los lleva sobre el hombro hasta el sitio donde los amontona. Son pláta­nos verdes que terminarán su maduración cuando ya estén en el mercado de Santa Cruz. Por ellos recibirá algo de dinero para poder sostener a su familia. No se queja. Su padre hizo lo mismo y, antes, su abuelo. Con ese pequeño chaco, que además de plátano da caña, sandías, yuca y arroz, sobrevivieron ya tres generaciones de su familia. Agricul­tor, ésa es su profesión, como la de casi todos en el pueblo, como lo será también la de sus hijos. Tres varones que están creciendo fuer­tes y pronto serán de mucha ayuda en el tra­bajo. La cuarta hija, la menor, todavía es una bebé. Este día el calor es el mismo, el trabajo es el mismo, el chaco, el pueblo, el río, todo es lo mismo. Sin embargo, hay algo que le preo­cupa y mantiene ocupados sus pensamien­tos. Muy temprano por la mañana tuvo una breve conversación con Lisandro, su hijo de diez años, el mayor, y fue lo que el pequeño le dijo lo que lo mantiene tan meditabundo. Pero Pastor no es hombre de dubitaciones, y cuando llega a casa al atardecer, ya ha toma­do una decisión nada sencilla. Reducirá aún más su siempre magra economía y la familia deberá someterse a unos meses de mayores privaciones para atender la petición de su hijo. Pastor no le teme al futuro.

En su mo­destísima casa de barro y techo de palma que él mismo ha construido hay sobradas muestras de fe (un crucifijo de madera, una imagen del Sagrado Corazón de Jesús…). Lisandro quiere un violín y Pastor va a dárselo.

Arte heredado a sus antepasados, en el pueblo hay maestros que los fabrican. Acu­den a uno de ellos para una compra al crédi­to, pues el que quieren costará ¡700 bolivia­nos!, una cifra imposible de pagar al conta­do. Y así se hace. Lisandro lo toma emocio nado, lo acaricia, le observa la espalda, el clavijero, las cuerdas. Con mucho cuidado lo acomoda bajo su mentón, agarra el arco, contiene la respiración y prueba el sonido del primer violín de su vida interpretando alguna pieza sencilla. Lisandro estudia en la escuela de música de Urubichá y su padre sabe que si posee un instrumento propio, para practicar más, podrá llegar lejos.

LA GÉNESIS DEL MILAGRO

Urubichá es un pueblo de guarayos orgu­llosos de su idioma y su cultura. El español es una segunda lengua, muy poco utilizada entre los pobladores, y menos aún entre los niños. Los frailes franciscanos que estable­cieron una misión, certifican que allí, tradi-cionalmente, se fabricaban instrumentos para interpretar la música en las festivida­des. Precisamente fue esa vocación musical que se desgranaba en chovenas y carnavali-tos, lo que permitió a los predicadores de la fe cristiana organizar un coro (voces e ins­trumentos) para las misas. Pero, con el paso del tiempo, al igual que sucedió en las mi­siones jesuíticas, la práctica fue languide­ciendo hasta casi desaparecer. Alrededor de 1990, alarmado por esa posibilidad, el padre Wálter Neuwirt decidió contratar los servicios de algún docente de música pa­ra que forme a un puñado de niños. Buscó en las comunidades vecinas y en El Puente en­contró a Rubén Darío Suárez Arana, un mú­sico oriundo de allí. Lo contrató por pocas semanas y el maestro cumplió con su traba­jo. Los niños recibieron una formación bási­ca que les permitiría desenvolverse en las misas cantadas.

Al parecer, todo quedaría ahí, pero los hilos del destino se habían ten­sado y los pequeños dedos de los niños esta­ban a punto de arrancarles algunas de las notas más sublimes de la historia musical de nuestro país.“Cuando terminó el festival de música ba­rroca y la delegación volvía a Urubichá, uno de los buses se volcó. Los niños salieron ile­sos y algunos padres de familia sufrieron contusiones.

“Suárez Arana volvió algunas veces más y trajo a algunos de sus compañeros para que le ayuden en su labor, rememora la hermana Ludmila Wolf, una franciscana que vive en Urubichá desde 1972. Para la Navidad de 1993 prepararon una especie de pequeña ópera con los niños, que representaba todo el Nacimiento cantado. Lo presentaron aquí y luego en San Javier, donde, por casua­lidad, la presentación fue filmada. Esa fil­mación fue mostrada por Suárez Arana en La Paz y, tres años después, cuando se orga­nizaba el Festival de Música Barroca, al­guien se acordó de aquel video e invitaron a los niños músicos de Urubichá a participar, habida cuenta de que en el festival no exis­tían grupos de indígenas. En ese entonces Rubén Darío estaba en Venezuela y tuvo que volver para preparar a los niños para el festi­val. Los reunió y empezó una práctica inten­siva contra-reloj. Pero los pequeños respon dieron más que bien, de modo que Rubén y sus compañeros tuvieron que volver a Santa Cruz en busca de más material para ense­ñar, pues lo que habían calculado inicial-mente para tres semanas fue aprendido en una sola por los talentosos niños”.

“Los reunieron aquí – señala la hermana refiriéndose a la iglesia-, juntaron a los ni­ños y se pusieron a pensar qué presentarían en el festival. Los niños no sabían nada, ni conocían el latín, pero comenzaron a practi­car música barroca. Les trajeron algunos violines y un cello. Todos se peleaban por tocar el cello pues era una novedad, nunca antes habían visto uno. Practicaron y practi­caron, hasta que a mediados de marzo, con motivo de la bendición de la iglesia en el cer­cano pueblo de Yotaú, los niños fueron a presentarse, como una prueba nomás, y to­dos quedaron contentos”.

“El festival fue a mediados de abril y se inauguró en Concepción. Setenta niños (con violines y el cello) partieron de la plaza de Urubichá en dos flotas llenísimas de gen­te, pues varios padres de familia acompaña­ron a sus hijos en aquel viaje que, en muchos sentidos fue iniciático. Los niños llegaron al festival, tocaron y arrasaron. Fueron la sen­sación del evento. De la noche a la mañana se convirtieron en estrellas. Tocaron en va­rios lugares a lo largo de los días del festival. Los periódicos se llenaron con sus fotos y todos alabaron a los músicos de Urubi-chá”. “Cuando terminó el festival de música ba­rroca y la delegación volvía a Urubichá, uno de los buses se volcó. Los niños salieron ile­sos y algunos padres de familia sufrieron contusiones.

Todos fueron llevados a una clínica privada de Santa Cruz para ser revi­sados y otra vez los periódicos les dieron mucha cobertura, lo que terminó por afian­zar la incipiente fama de los pequeños músi­cos”, rememora la religiosa.

A raíz del éxito alcanzado en el festival, el Gobierno ofreció dotar ítems para profeso­res (dio tres ítems en 1996) para que conti­núen la enseñanza de música en el pueblo. Tras largos trámites afrontados con diligen­cia por la hermana Wolf, se consiguieron no sólo los mencionados ítems, sino el institu­to de formación con capacidad de titulación en técnico medio en música y mano de obra calificada en varias disciplinas artesanales, como la lutería

EL INSTITUTO EN LA ACTUALIDAD

En la actualidad el Instituto de Formación Integral, Coro y Orquesta de Urubichá im­parte clases de 14 instrumentos musicales y siete especialidades artesanales. Juan Car­los Aguape Orepocanga, su director acadé­mico, nos explica, mientras paseamos por las instalaciones donde se imparten las lec­ciones de música, que el instituto cuenta con 503 alumnos (280 en la carrera de músi­ca y 223 en artesanía). “Este edificio (una larga edificación de una planta) alberga las aulas de música. Por ahora, por falta de es­pacio, los que estudian artesanía pasan cla­ses en las instalaciones contiguas a la igle­sia. Pero felizmente ya estamos construyen­do un nuevo edificio para poder tenerlos aquí”. Nos señala una construcción que avanza a buen ritmo, ubicada a unos 50 me­tros al norte de la actual edificación, dentro del terreno que posee el instituto.

“El instituto cuenta con 22 profesores que son ex alumnos. Todos ellos fueron forma­dos acá, yo también egresé de aquí”, conti­núa Juan Carlos, mientras vemos cómo los niños y niñas practican diversos instrumen­tos. Piano, violín, trompeta, oboe, fagot. “De las ocho promociones que ya ha forma­do el instituto, muchos están completando sus estudios en otros sitios del país y del ex­tranjero. El título que aquí otorgamos per­mite a nuestros ex alumnos pagarse (impar­tiendo clases de música) sus propios estu­dios universitarios”. Y es que los músicos de Urubichá, que nacieron con tan buena es­trella, no han dejado de acumular éxitos. En 2002, la Unesco los declaró Embajadores Culturales de Bolivia y con sus conciertos han recorrido casi todos los países de Amé­rica y Europa, donde abarrotan teatros e iglesias para sus presentaciones.

La incidencia del instituto en la vida del pueblo es inmensa. Niñas y niños transitan por las calles con instrumento musicales en estuches o mochilas. No existe una sola calle en la que alguna casa no posea por lo menos un violín u otro instrumento. “Antes Urubi­chá era un pueblo desconocido, nadie sabía dónde estaba. Ahora todos lo conocen, por lo menos de nombre, gracias a la música”, dice orgulloso Juan Carlos. “Hemos calculado -añade- que el 25% de la población ha pasa­do por las aulas del instituto.”

La conversación se prolonga gracias a la amabilidad de su director académico, que nos presenta a varios docentes y alumnos sentados frente a partituras de Mozart, Ba-ch, Zipoli y otros compositores. “Ensayare -mos algo de Händel”, sostiene Juan Carlos, para estrenar los flamantes timbales que acaban de recibir. Son cinco estupendos instrumentos donados por la Orquesta Sin­fónica de Berlín, prometidos en la última gi­ra europea de los urubichanos.

Al día siguiente, hay ensayo de la orques­ta. El director, un docente del instituto, su­pervisa la afinación y da todas las instruc­ciones en idioma guarayo (de hecho, las cla­ses también se imparten en ese idioma, sal­vo algunas excepciones del español y del in­glés, para poder comprender las anotacio­nes que acompañan a las partituras). El di­rector hoy viste una polera verde numerada, pues también es el arquero de la selección de fútbol del pueblo.

LA FAMILIA ANORI OREYAL, 14 AÑOS DESPUES

Por un par de horas la orquesta ensaya en el instituto, en un aula espaciosa de amplias ventanas abiertas a un campo de grama don­de se pasea algún caballo y, a ratos, se escu­cha, por entre las notas de la partitura, el des­pistado canto de un gallo. Allí, entre los mú­sicos está, con polera roja y su violín alemán, el tercero que posee, Lisandro Anori Oreyai que ya tiene 24 años, se ha especializado en Noruega y es uno de los docentes del institu­to. Al terminar el ensayo, me invita a su casa y nos vamos en su motocicleta. Atravesamos el pueblo y llegamos a su morada junto a un arroyo que es utilizado por los pobladores para lavar ropa. Me presenta a su hermano Mario (18 años), también violinista, y me muestra fotos de su otro hermano Pablo (21), que también toca el violín, y de su hermana menor Cecilia (16), que está en segundo año de estudio de cello. Le pregunto acerca de su primer violín, ése que le compró su padre a crédito y me dice que lo cambió por un exce­lente violín francés de pino luego de un con­cierto. “Es éste, el que yo toco ahora”, dice Mario y me lo enseña. “Sí -corrobora Lisan-dro-, yo lo usé un tiempo hasta que un músi­co alemán me regaló el que tengo actualmen­te.

Converso con ambos acerca del reperto­rio que manejan, los conciertos que han ofrecido, los muchos países que conocen gracias a su arte, las divertidas anécdotas de sus muchos y largos viajes, en los que en ocasiones la orquesta y el coro llenan un avión que atraviesa países, en el que las aza­fatas no atinan a comprender ni una sola pa­labra de la conversación generalizada y las abundantes bromas en idioma guarayo.

Además de la música sacra y barroca, Li-sandro se interesa mucho por el folklore de su pueblo. Toca, con sus hermanos, chovenas y carnavalitos en los días de fiesta. “Es ­toy recopilando chovenas tradicionales -explica-, ya tengo como 40. A la mayoría las conozco gracias a mi abuelo (Hildeberto Oreyai, un viejo músico popular). Él vive en la casa de al lado y, a veces, solito se pone a tocar. Entonces yo me acerco a la pared y le escucho atentamente y memorizo la can­ción. Otras veces, sin que se dé cuenta, le grabo en mi celular y después practico y sa­co el tema”.

A esta altura de la conversación ya estoy maravillado con lo que Mario y Lisandro me narran. Les pido que por favor interpreten alguna de esas piezas tradicionales del fol­klore de la rica cultura guaraya. Acceden muy gustosos. Acercan un par de sillas y a medio metro de distancia de la mía arran­can a sus violines europeos las alegres notas de una chovena. El piso de tierra de la casa, las paredes de adobe sin revocar, el techo de palma trenzada, las imágenes religiosas de las paredes, un pequeño mueble metálico con un modesto equipo de sonido, un ramo de flores de plástico, algunas fotos de fami­lia, una cama y la pequeña mesa, es decir, to­do lo que hay en la habitación es acariciado por la melodía que brota de las manos de es­te par de virtuosos músicos guarayos. Al rato, luego de algunos otros temas inter­pretados, llega a casa su padre, don Pastor Anori. De niño, él mismo quiso ser músico, pero, por haber quedado huérfano a los nue­ve años, no tuvo un padre que lo ayudara, co­mo él lo hizo con sus hijos. Ahora desea que sus hijos enseñen a todos a tocar el violín y ellos mismos continúen sus estudios musicales en universidades y centros especializa­dos del exterior.

Nos cuenta que hace tres años que ya no trabaja su chaco porque se en­fermó. A sus 59 años, ahora se dedica a ven­der en Santa Cruz y varios pueblos de la re­gión las hamacas que teje su esposa. Está muy orgulloso de sus hijos, por supuesto, y sabe que el futuro aún tiene muchas cosas buenas reservadas para su familia.

Junto a un calendario con la imagen de la Virgen de Fátima hay un diploma enmarcado en dorado. Pastor me lo enseña. Es una Ben­dición Personal de Su Santidad, el Papa Juan Pablo II, a Lisandro Anori Oreyai. Un docu­mento fechado el 5 de diciembre de 2003 y ex­pedido en el Vaticano. Lisandro, sin moverse de su silla y jugueteando con el violín como si fuese una pequeña guitarra, sonríe y dice que se la dio el Papa, luego de haber tocado para él en un pequeño y lujoso salón. “Sólo éramos dos músicos”. ¿Te simpatizó el Papa?, le pre­gunto. “Ah, sí, bien nomás”, responde sin bo­rrar su franca sonrisa.

EN TIERRA GUARAYA

Nuevamente viajamos en las vagonetas de la Asociación de Transporte Libre, esta vez por la carretera que va a Santa Cruz. Fuimos a la Terminal de Buses intentando dirigirnos has­ta Ascensión de Guarayos para luego tomar un transporte a Urubichá, pues no existe un medio directo para llegar a esa población. Sin embargo, las flotas que van a Santa Cruz no venden pasajes a Ascensión y nos sugirieron recurrir a la ATL. En la oficina de ATL que está ubicada frente a la Terminal, nos informaron que allí sólo venden pasajes para la ruta que va a Rurrenabaque. “Ustedes quieren ir a San­ta Cruz -nos dijeron-, quieren ir pa’ lante, no­sotros vamos pa’ tras como el cangrejo” y me derivaron a otra oficina de la misma Asocia­ción para conseguir los boletos.

La ruta que une Trinidad con Santa Cruz es un camino asfaltado, aunque requiere man­tenimiento urgente, pues existen sectores con muchos baches a lo largo de práctica­mente todo el recorrido de 599 kilómetros.

Se están realizando trabajos de manteni­miento a unos 15 kilómetros de Trini­dad.

Casi tres horas después de partir, se llega a San Pablo, el límite entre los de­partamentos de Beni y Santa Cruz. Ahí se hace un trasbordo a otro vehículo si­milar en el que se continúa hasta Ascen­sión de Guarayos, que está a mitad de camino entre Trinidad y Santa Cruz de la Sierra. El paisaje es muy pintoresco: pe­queñas lagunas y cerros cubiertos de ár­boles floridos.

Ascensión de Guarayos está ubicada en lo alto de una loma que permite divi­sar un paisaje muy bonito. Una vez allí, se debe tomar otro transporte para diri­girse a Urubichá. El camino es de tierra y atraviesa lomas, bajíos y campos de pal­meras dignos de observarse. Es el cora­zón de la tierra habitada por el pueblo guarayo .

EL ARTE DE TEJER AMACAS

Los tejidos guarayos son muy conocidos. Es una ac­tividad tradicional en la que las mujeres de pueblos como Ascensión se han destacado desde hace generaciones. En Uru-bichá (Agua Grande, en idioma guarayo), si bien se hacen todo tipo de tejidos, el producto más impor­tante es la hamaca.

Para tejer una hamaca, una tejedo­ra experta capaz de conocer los se­cretos del telar y poder avanzar rápi­damente, requiere poco más de tres días de labor en jornadas de ocho ho­ras como mínimo. Sin embargo, eso no ocurre casi nunca, pues las tejedo­ras no disponen de ese tiempo ya que deben dedicarse a otras labores (co­cinar, colaborar en las labores de agricultura, cuidar a los hijos, lavar ro p a… ).

El trabajo de tejer hamacas u otras cosas como servilletas, manteles, ca­misas, bolsos o monederos, es afron­tado a lo largo de varios días en los que el tejido ocupa una a dos horas de labor. Urubichá es una tierra en la que puede observarse un telar con una hamaca a medio tejer en muchas casas, cuyas abiertas puertas permi­ten el paso de la luz necesaria para el minucioso oficio de las tejedoras.

La hermana Wolf dirige un taller de tejido en una de las esquinas de la plaza del pueblo, donde las mujeres tejedoras cuentan con telares y mate­rial para su tarea. Los productos allí fabricados son comercializados en la tienda artesanal contigua y en algu­nos otros sitios, como la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Una hamaca guaraya de poco más de dos metros y tejida en Urubichá, con excelentes hilos, diseños tradicionales y colores muy llamativos puede alcanzar, co­mo mínimo, un precio de 600 bolivianos.

Nicolasa Rora Rora tiene nue­ve hijos, estudió hasta cuar­to básico y quedó viuda hace casi dos años. Hoy atiende un pequeño restaurante para turistas. “Como mujer me siento triste por la muerte de mi marido pues me dejó con muchos hijos en la casa, yo estoy pensan-do en crecer con lo que me está apoyan­do ‘S e m i l l a’ y yo quiero ser feliz con eso, además que con mi trabajo estoy sir­viendo a mi pueblo, pues no todos tie­nen tiempo acá para cocinar”, dice.

Hace un año recibió un pequeño apoyo económico de ‘S e m i l l a’, proyecto del Fondo para el logro de los Objetivos del Milenio que administra Naciones Uni­das y que opera en Urubichá, El Puente y Ascensión de Guarayos.

“Primeramente nos dio capacitación y nos hizo conocer que estaba apoyando a las mujeres que estaban trabajando por su cuentita y yo debía hacerme cargo de mis hijos luego de la muerte de su padre, entonces concreté mi pensión, con este emprendimiento he sacado adelante a mis hijos”, relata.

“Las tejedoras artesanales de hamacas son las que mueven la economía, pero a pesar de eso ellas no ganan lo que debe­rían. Uno de los problemas para acceder a las licitaciones realizadas por el muni­cipio es que los emprendimientos loca­les no cuentan con la documentación adecuada para conformar empresas y acceder, por ejemplo, a la provisión del desayuno escolar”, afirmó el alcalde Elard Jiménez.

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