Villa Tunari – Pueblo de colonos

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EN ESTA POBLACIÓN DEL CHAPARE ESTÁ VIVO EL RECUERDO DE LOS PIONEROS

Para muchos bolivianos, el Chapare quizás sea sinónimo de un par de cosas que se convierten en tópicos a la hora de referirnos a él. Sin embargo la cosa es, obviamente, más compleja. Desde esas vistas de verde eternidad, como la Ítaca homérica, que se observan desde las ventanillas de los buses en un viaje de Cochabamba a Santa Cruz o viceversa, hasta un continuo trajinar de soldados como en una región sumergida en el sobresalto de una guerra a lo largo de la carretera que une las mencionadas ciudades, el Chapare domina el trayecto. Desde las primeras estribaciones de El Sillar, esa zona lluviosa y geológicamente inestable que causa estropicios en los caminos, hasta las llanuras del norte cruceño de intensa actividad industrial, las poblaciones chapareñas que se van mostrando en la ruta son parecidas las unas a las otras.

Click para ver estadísticas Acaso sólo varían en tamaño, al menos a primera vista, esa que muchas veces es la única que podemos brindarles desde los vehículos que atraviesan el día, rumbo a afanes más urgentes. Villa Tunari, Chimoré, Ivirgarzama, Ichilo, Yapacaní, todas ellas como cortadas por una misma mano: carretera, casas a ambos lados, río, puente, motocicletas, camiones, tiendas y mucha gente.

Salvo el cautivante paisaje que de pronto se abre al atravesar algún puente, la impresión general que da el Chapare es de una tupida selva infestada de pequeñas manchas urbanísticas edificadas con hierros retorcidos, cascajo y otros materiales que, aún siendo plásticos y cartones, hacen pensar en la herrumbre como su signo distintivo. Sitios feos, hay que decirlo, construcciones descuidadas, sitios ruinosos, sucios y desordenados, como si a sus pobladores no les importase el estado de sus casas y de sus pueblos. Sin embargo, esa impresión cambia si nos detenemos y nos internamos por las entrañas de las poblaciones chapareñas. Lo que vemos desde el camino y creímos el pueblo en cuestión no es más que una parte, acaso la más descuidada, de poblaciones mucho más grandes que desarrollan su vida lejos del camino, bajo la sombra de los árboles.

CAPITAL ECOTURISTICA

Entre todos esos sitios, escogimos Villa Tunari, un destino que, en líneas generales, comparte características con otros de la región, aunque con el atractivo adicional de ser la capital turística del departamento de Cochabamba. Allí nos establecimos por algunos días y deambulamos por sus calles y los alrededores intentando conocer, así sea mínimamente, la faz de aquel sitio del país en nuestro Viaje al Corazón de Bolivia.

Un par de avenidas paralelas a la carretera, una extensa plaza muy cuidada, varias calles transversales donde bulle la actividad (restaurantes, discotecas, mercado, hoteles, oficinas, tiendas, etc.) configuran la cara visible de Villa Tunari. Todo el entramado que sostiene su fama turística aparece a continuación, adoptando formas de planos guía, listas de hospedajes, senderos de paseo, actividades recreacionales y restaurantes con opciones más o menos exóticas.

Ubicada a orillas del río Espíritu Santo, muy cerca de la confluencia con el río Chapare, Villa Tunari es una población pequeña rodeada de atractivos paisajes.

Varios emprendimientos turísticos han florecido en la zona y ofrecen servicios variados. Caminatas por senderos de selva son ofertadas en más de un sitio, incluyendo paseos por ríos, arroyos y ascensos a lomas y pequeños cerros desde donde se puede divisar la serranía que se recorta bajo el cielo del sur oeste, así como los amplios y pedregosos lechos de los ríos. También hay opciones de conocer animales en su hábitat y parques recreacionales con diversiones como altos columpios que, desde las inalcanzables ramas de los árboles, mecen a los visitantes en medio de un circuito de sendas, puentes colgantes y plataformas de madera.

Por estos motivos, en Villa Tunari se puede encontrar turistas a lo largo de todo el año, siendo los más asiduos los provenientes de países latinoamericanos como Argentina, Chile y Perú, así como también europeos e israelitas. Sin embargo, como pudimos notar, muchos de estos servicios turísticos funcionan a media máquina, por decirlo de algún modo, operando sitios descuidados, con escaso mantenimiento y con algunos de sus atractivos fuera de funcionamiento.Pero en Villa Tunari, como en otros sitios del Chapare, la principal actividad está vinculada al cultivo de la tierra. Y es que se trata de una región bendecida por la naturaleza, una suerte de verdadera tierra prometida, y por ello, seductor destino de quienes deben abandonar su lugar de origen en busca de mejores condiciones de vida. Coca y frutas son los principales productos de cultivo. Coca en grandes cantidades, cultivada a razón de un cato (extensión de terreno de 50 x 50 metros) por familia, y frutas en mucha menor escala, sobre todo cítricos, que alcanzan para el consumo interno y para un poco de comercialización.

LA COLONIZACIÓN

El fértil Chapare atrajo, como se sabe, a todo un movimiento colonizador que lo transformó en lo que hoy es. No hace mucho, menos de medio siglo, la región era muy diferente, pero su riqueza y potencial para la agricultura funcionaron como un imán para quienes buscaban dónde establecerse, tras haber sido expulsados de otras regiones del país (el caso más conspicuo: la relocalización minera de 1985). Así surgen hombres como don Benigno Paz Sejas, cuya labor pionera y colonizadora fue reconocida por el municipio, quien en 1996 le erigió un busto en las confluencias de la calle Beni y la principal avenida de Villa Tunari, bautizada también con el nombre del mencionado pionero.

En la actualidad, ese mismo espíritu está completamente vivo en el pueblo, como puede constatarse observando una dorada plaqueta que ostenta la alcaldía y que fue colocada hace apenas unos meses (junio de 2010); en ella se lee:

“Las organizaciones sociales de Villa Tunari, en su XL aniversario, rinden su homenaje a los pioneros de Villa Tunari, verdaderos cimientos de la capital turística del trópico de Cochabamba, asentada en lo que fue el Tebe Tebe Uta de los indomables yuracarés”. Queda claro que se trata de un pueblo de colonizadores orgullosos de su condición, como suelen serlo todos los colonizadores a lo largo del tiempo y ancho del mundo.

CON RUMBO AL NORTE

De El Castillo, un sitio ubicado a un kilómetro al este de Villa Tunari, sobre la carretera a Santa Cruz, sale un camino que, en dirección norte, se interna en las profundidades de la selva chapareña. Allí hay un retén con un puesto de control policial. Su labor es la de evitar el ingreso de precursores y la salida de productos ilegales procesados en base a la coca, prohibidos por la ley antinarcóticos, según nos explica uno de los oficiales que está de guardia.

El camino está empedrado y por él transitan muchos vehículos, sobre todo vagonetas Toyota Caldina —los ubicuos surubíes—, que hacen servicios de transporte de pasajeros entre las varias poblaciones que allí existen. Varios de los vehículos que transitan por esa ruta no tienen placas y van y vienen durante todo el día y parte de la noche cargados de personas, muchas veces hasta extremos que superan, con mucho, todo límite de espacio y capacidad.

A primera vista, no es más que un camino vecinal que difícilmente se abre paso entre la selva, pero, como advierte un viejo refrán, no debemos confiar sólo en las apariencias. El camino arranca de Villa Tunari y avanza hasta Chipiriri. Cerca de allí, una bifurcación hacia el noreste lleva a Villa 14 de Septiembre y Puerto San Francisco. Más allá están Asunción y Villa Nueva.

Siguiendo la ruta de Chipiriri se llega a otra encrucijada que lleva a San José y, siguiendo hacia el noroeste, a Eterazama y Samuzabeti. Camino a Isinuta, hay otra bifurcación que conduce a La Estrella. En Isinuta, el camino se bifurca nuevamente y continua hacia San Gabriel, San Cristóbal, Nueva Tacopaya y Uncía por su brazo derecho, mientras que el izquierdo avanza hacia Villa Bolívar y Nueva Aroma. Por si fuera poco, ya dentro de un territorio de límites imprecisos y disputados entre los departamentos de Beni y Cochabamba, los caminos continúan hasta Independencia, por la izquierda, y a Moleto Icoya y San José de Angosta por la derecha, ya en pleno parque Isiboro-Sécure.

A bordo de una vagoneta de transporte público que pertenece al “Sindicato Mixto de Transporte 14 de Junio Isiboro–Sécure, Cochabamba, Bolivia”, hicimos parte de esa maraña de caminos que, como los dedos de una mano, atrapan los rumbos de la selva chapareña. Luego de transbordos, desvíos y cortas estadías en varios lugares donde conocimos a algunas personas como El Chamán de Eterazama, un ex minero de Kami, o a doña Eduarda Medrano, dueña de un parque turístico recreacional, llegamos a Isinuta, a más de 30 kilómetros al norte de Villa Tunari. Hasta allí llega el camino empedrado. Poco más allá, el río del mismo nombre marca el límite entre la parte fácil y difícil del trayecto. Hasta ahí llegan todo tipo de vehículos. Desde allí, sólo se puede continuar en los 4×4. Por esa razón, el transporte público ya no son vagonetas sino pequeños camiones europeos de doble tracción y unimogs. El chofer y propietario de uno de esos vehículos nos explica que desde allí ya no hay más puentes y los ríos son numerosos y grandes, y por eso se requieren carros fuertes.

LA VIA VILLA TUNARI – SAN IGNACIO DE MOXOS

La polémica carretera que hoy se construye y que unirá Villa Tunari con San Ignacio de Moxos tiene este mismo trazo. La empresa constructora brasileña OAS comenzó sus trabajos hace más de un mes. El letrero instalado al inicio de la ruta, tras el retén de El Castillo, informa: “Longitud: 306 kms. Fecha de inicio: 3 de junio de 2011. Tiempo de ejecución: 40 meses. Construcción: OAS. Monto: $US 415.000.425,39.- Financiador: Estado Plurinacional con crédito BNDES. Contraparte: Gobernación de Cochabamba, Gobernación del Beni”. Los trabajos de construcción ya son apreciables a simple vista a lo largo de la ruta entre Villa Tunari e Isinuta. Campamentos montados, trabajos topográficos y movimiento de máquinas dan cuenta de la labor ya emprendida.

Desde el punto de vista de los colonizadores, los beneficios que traerá la construcción de esta carretera son evidentes. El fluido tráfico de vehículos y personas se tornará más fácil. El flujo de mercaderías será mayor y también la posibilidad de llegar a nuevos sitios. “Este camino harto va a ayudar. Por ahí al fondo hay lindos terrenos”, nos dice Julio Montaño Claros, Secretario de Justicia de Isinuta, radicado allí desde hace 25 años. “Sin embargo –acota-con la construcción de esta carretera está comenzando la delincuencia. Tranquilo era más antes, pero ahora está queriendo aparecer gente ajena que viene a robar motocicletas. Se calcula que llegarán como 700 personas al pueblo, sólo durante la construcción del camino”.

En nuestra conversación con el señor Montaño, salen a relucir otras aristas del asunto: “Los precios de los lotes y los chacos ya han trepado por la carretera”, afirma. “Carísimos son ahora, antes eran baratos. Por ejemplo, chacos de 100 por 1.000 metros”. Cuando la carretera esté concluida se prevé que la mercadería fluirá hacia el Beni “donde, dicen, todo es carísimo. Mientras que a Cochabamba no hay que llevar nada porque de todo lado llega y es barato”. Cuando le consultamos su opinión acerca de la oposición que la carretera tiene entre los pobladores del Territorio Indígena Parque Nacional Isiboro-Sécure (TIPNIS), quienes reclaman su derecho a continuar con su modo de vida en medio de esa área protegida, y proponen que el trazo del tramo II de la carretera sea rediseñado, de tal modo que no atraviese el Parque, dice no saber nada al respecto. “Sólo escuché rumores”, asegura.

Romualdo Martínez, docente de grado de la Unidad Educativa Elizardo Pérez en la comunidad de Isinuta, un potosino que hace muchos años radica en el Chapare, región que conoce muy bien debido a que su labor docente lo ha llevado a recorrer varias localidades, nos dice que con la construcción de la carretera se prevé que más niños y niñas podrán asistir a la escuela. Aquellos que viven en comunidades lejanas tendrán posibilidades para llegar a la escuela, puesto que en la actualidad el servicio de transporte sólo presta servicios en la ruta hacia el sur (Eterazama y San Gabriel) y no así hacia las comunidades norteñas, precisamente por falta de camino.

Él, que ha trabajado por la zona y ha tenido contacto con los yuracarés y los trinitarios, pueblos originarios de la región, afirma que en las poblaciones de Aroma e Icoya, zonas fronterizas con el departamento del Beni, “se ve el cultivo de coca”. Y añade: “A este otro lado por las faldas de los cerros igual. El cultivo de coca se ha incrementado. Inclusive en algunas zonas indígenas, dentro del Parque los colonizadores ya han abierto campo para sembrar coca”. La cartografía nos ha acostumbrado a un Chapare en forma de bahía. Tierra que se repliega hacia el sur ante el impetuoso empuje de un Beni desbordante. Pero, caprichos de la historia, la realidad es otra. De hecho, desde lejanos tiempos anteriores a toda línea demarcatoria en departamentos, la cosa es al revés. No es el agua del mar de Moxos la que empuja la tierra chapareña, sino ésta la que fluye hacia el norte a través de sus ríos. Toponimia versus cartografía: Chapare, palabra mojeña que significa “raíz de todas las aguas”. Dubitativa marea que avanza y retrocede al influjo del destino leído en la baraja de las cartas geográficas. Avatares de una vieja disputa de límites entre los departamentos de Cochabamba y el Beni. Rica, riquísima tierra, don de la madre naturaleza, la fértil pachamama mostrando su piel más lozana. Codiciada belleza, todos quieren bailar con ella en la fiesta.

A bordo de una vagoneta de transporte público que pertenece al “Sindicato Mixto de Transporte 14 de Junio Isiboro–Sécure, Cochabamba, Bolivia”, hicimos parte de esa maraña de caminos que, como los dedos de una mano, atrapan los rumbos de la selva chapareña. Luego de transbordos, desvíos y cortas estadías en varios lugares donde conocimos a algunas personas como El Chamán de Eterazama, un ex minero de Kami, o a doña Eduarda Medrano, dueña de un parque turístico recreacional, llegamos a Isinuta, a más de 30 kilómetros al norte de Villa Tunari. Hasta allí llega el camino empedrado. Poco más allá, el río del mismo nombre marca el límite entre la parte fácil y difícil del trayecto. Hasta ahí llegan todo tipo de vehículos. Desde allí, sólo se puede continuar en los 4×4. Por esa razón, el transporte público ya no son vagonetas sino pequeños camiones europeos de doble tracción y unimogs. El chofer y propietario de uno de esos vehículos nos explica que desde allí ya no hay más puentes y los ríos son numerosos y grandes, y por eso se requieren carros fuertes.

DE PUESTO FERNÁNDEZ A VILLA TUNARI

Para dejar el Norte Integrado cruceño y dirigirnos al Chapare cochabambino, optamos por hacer una escala en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Tres días de hotel, internet, lavandería de ropa y un poco de descanso nos vino muy bien.

Desde Santa Cruz, hay varios modos de viajar al Chapare. Se puede tomar alguna de las muchas flotas que van a Cochabamba y quedarse en el sitio elegido. De la antigua terminal o de La Ramada, salen unas vagonetas hasta Yapacaní, para de allí continuar en otro transporte. También se puede tomar, de la parte trasera de la terminal Bimodal, unas vagonetas que viajan hasta Bulo-Bulo, población fronteriza entre los departamentos de Santa Cruz y Cochabamba. De ahí, salen otros vehículos similares hasta cualquier destino chapareño. Fue lo que hicimos. Salimos de Santa Cruz a las 13:00 y, seis horas después, previo trasbordo en Bulo-Bulo, llegamos a Villa Tunari.

Villa Tunari, como se sabe, es la capital turística del departamento de Cochabamba, de modo que sobran los sitios para hospedarse, comer y pasear. Desde allí también es fácil desplazarse hacia otras localidades. Existen varios servicios de buses, grandes y pequeños, así como vagonetas, taxis y mototaxis durante todo el día y buena parte de la noche. Los pasajes oscilan entre 1 y 35 bolivianos, según la distancia. Permanecimos en Villa Tunari por 48 horas y, luego de explorar sus alrededores, nos desplazamos hacia Chipiriri, Eterazama e Isinuta. Es decir, elegimos la ruta que va al norte. Ese camino que pronto será asfaltado y conectará los departamentos de Cochabamba y el Beni, uniendo Villa Tunari con San Ignacio de Moxos. Así, con este viaje por el Chapare termina nuestro segmento (el del equipo verde) del Viaje Al Corazón de Bolivia, que nos tuvo 49 días viajando. Hicimos ocho reportajes de las regiones selváticas de nuestro país: en Pando, hicimos dos reportajes; en Beni, uno; en Santa Cruz, dos; en Cochabamba, uno y, en el norte de La Paz, uno. El octavo fue un fotorreportaje de algunos de los sitios que visitamos en nuestro recorrido.

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